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El Sello Escarlata / Chapter 8 / 40

Chapter 8 - La Ira del Protector

La esperada respuesta física no vino de la inmóvil Isabella, sino de la fuerza imparable y devastadora que estaba plantada firmemente a su lado. Alejandro, cuyos afilados reflejos habían sido agudizados por años de lidiar personalmente con amenazas físicas y corporativas en los peligrosos puertos internacionales y en las despiadadas juntas directivas, reaccionó fracciones de segundo antes de que nadie más en la gran sala pudiera siquiera parpadear. Su apuesto y sereno rostro se transfiguró por completo, oscureciéndose con una sombra letal; la suave y amorosa sonrisa del novio feliz desapareció instantáneamente, reemplazada de golpe por la máscara dura e implacable de un protector enfurecido y dispuesto a matar. Su respiración se volvió inmediatamente pesada, un gruñido grave, sordo y casi animal escapando involuntariamente de su garganta apretada. En un movimiento asombrosamente fluido, rápido y puramente agresivo, Alejandro dio un largo paso al frente, interponiéndose como un infranqueable muro de músculo sólido y fina tela negra entre su esposa herida y la inestable mujer de oro. Su gran mano derecha, poderosa y firme, se disparó hacia adelante como el ataque de una serpiente y agarró el brazo derecho de Valeria con una fuerza brutal y desmedida, sus largos dedos clavándose profundamente en la brillante tela metálica fruncida con la evidente intención de romperle los huesos si era necesario para detenerla. El brusco movimiento fue tan rápido y contundente que hizo que Valeria soltara un leve quejido y se tambaleara violentamente hacia atrás, perdiendo momentáneamente el frágil equilibrio sobre sus finos y altos tacones de aguja. La profunda tensión en la marcada mandíbula de Alejandro era abrumadoramente evidente, sus ojos, ahora oscurecidos e inyectados en sangre, fijos con odio asesino en la patética mujer que se había atrevido a poner una mano sobre su esposa. No había ni un solo rastro de diplomacia, piedad o protocolo social en su tensa postura; era pura, cruda y primitiva agresión defensiva, dispuesto a destruir físicamente a la intrusa con sus propias manos frente a toda la estupefacta alta sociedad si daba un solo paso más. Su voz, cargada de furia, retumbó en el absoluto silencio del salón, un rugido grave y cargado de una autoridad y un peligro innegables.

—¡No la toques!

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