Chapter 40 - |

El atardecer bañaba la ciudad infinita con tonos de oro puro, ámbar y fuego, proyectando un resplandor majestuoso y divino sobre el último piso del inmenso rascacielos. Isabella, envuelta en un suave y sutil vestido de seda pálida que ya empezaba a delinear la hermosa y sagrada curva de su embarazo, estaba de pie en el gran balcón de cristal. El aire fresco acariciaba su rostro, trayendo consigo la sensación de una victoria definitiva y trascendental. Las guerras de sangre, las batallas legales, los falsos enemigos y el polvo miserable de Valeria y Mateo eran solo recuerdos lejanos, insignificantes reliquias de un pasado oscuro y ya superado.
Alejandro salió al balcón en silencio, abrazándola protectoramente, envolviéndola en su inmenso amor leal, feroz e infinito. Juntos, contemplaron la vasta metrópolis que respiraba y operaba bajo el dictado incuestionable de su imperio corporativo.
—Pensar que hace menos de un año intentaron destruir nuestra reputación y separarnos en un simple y ridículo baile... —murmuró Alejandro, besando la mejilla de su esposa, su voz grave resonando con una paz absoluta e intocable—. Y mírarnos ahora. El mundo entero nos rinde pleitesía, y nuestra mayor creación está a punto de nacer.
—La adversidad solo demostró que nuestra unión es inquebrantable, una armadura forjada en el fuego de la envidia de los mediocres —respondió Isabella, acariciando la mano de su esposo apoyada en su vientre—. Nuestro hijo nacerá en la cima del mundo, libre de amenazas, coronado desde su primer aliento en una paz de oro, sólida e inamovible. Le enseñaremos a ser tan brillante y letal como nosotros, y tan noble y fuerte como su padre.
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—Reinará sobre este fin del mundo que creamos de las cenizas de la competencia, mi gloriosa reina —afirmó él, levantando la vista hacia el horizonte brillante e infinito.
El silencio que siguió fue mágico, apacible, romántico y gloriosamente divino. Ya no había más rivales que aplastar, ni mentiras que desmontar. Solo quedaba el amor incondicional, supremo e invencible, entrelazado maravillosamente con el triunfo absoluto. Unidos como dioses terrenales, intocables, victoriosos y profundamente enamorados, Isabella y Alejandro observaron cómo el sol se ocultaba, sabiendo que, para su dinastía perfecta y su amor inquebrantable, la era de oro apenas acababa de comenzar.