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El Sello Escarlata / Chapter 28 / 40

Chapter 28 - |

El opulento y deslumbrante Casino de Montecarlo estaba en su máximo esplendor, rebosante de multimillonarios, aristócratas caídos y reyes de la tecnología. Las inmensas arañas de cristal iluminaban el salón privado de altas apuestas, donde el aire estaba espeso por la tensión, el olor a puros costosos y el tintineo incesante de las fichas de casino que representaban fortunas enteras. En el centro de la habitación, en la mesa de baccarat de límite altísimo, Mateo estaba rodeado por tres magnates europeos de la banca, a punto de cerrar el trato que financiaría su guerra personal. Todo iba según su plan, hasta que las enormes puertas dobles de roble se abrieron de par en par.

Isabella y Alejandro entraron en el salón como una fuerza de la naturaleza. Ella lucía deslumbrante con un vestido de noche negro azabache, adornado con diamantes invaluables que capturaban cada destello de luz, irradiando un aura de diosa intocable. Alejandro caminaba a su lado, con un esmoquin a medida que realzaba su musculatura de guerrero, su mirada fría y calculadora barriendo la sala hasta fijarse en su objetivo. El silencio se apoderó de la mesa al instante.

—Espero que haya espacio para dos jugadores más en esta mesa tan exclusiva —dijo Isabella, su voz aterciopelada cortando el silencio como una navaja afilada, mientras un crupier les ofrecía asientos de inmediato, aterrorizado por la presencia de la pareja.

Mateo palideció ligeramente, pero rápidamente compuso una máscara de arrogancia, apretando los dientes.

—Isabella, Alejandro. Qué sorpresa tan desagradable. No esperaba verlos tan lejos de su pequeño reino, jugando con los adultos —ironizó Mateo, intentando mantener su estatus ante los banqueros asombrados.

—El mundo entero es nuestro reino, Mateo. Y vinimos a enseñarte cómo juegan los verdaderos monarcas —replicó Alejandro, haciendo un gesto al crupier—. Cambio de fichas. Cincuenta millones de euros, para empezar.

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Los banqueros europeos intercambiaron miradas nerviosas. La mera cifra inicial superaba con creces el fondo que Mateo estaba intentando asegurar.

—Vamos a jugar, Mateo. Pero no solo por dinero. Juguemos por el respeto de estos caballeros —desafió Isabella, con una sonrisa helada—. Si gano yo, te retiras de tus estúpidas intenciones y te escondes para siempre. Si ganas tú... bueno, eso es estadísticamente imposible.

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