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El Sello Escarlata / Chapter 10 / 40

Chapter 10 - El Dedo Acusador

Valeria, sintiendo con evidente alivio que el agarre de hierro de Alejandro se aflojaba momentáneamente, reaccionó exactamente como lo haría un animal salvaje acorralado y desprovisto de lógica. Con un movimiento brusco, estéticamente feo y totalmente desprovisto de la elegancia que tanto se esforzaba por proyectar, tiró fuertemente de su dolorido brazo hacia atrás, liberándose de un tirón de la inmensa mano del novio protector. El violento esfuerzo físico la hizo jadear fuertemente frente a todos, su pecho subiendo y bajando de manera descontrolada bajo la brillante y ajustada tela dorada que ahora parecía asfixiarla. Su cabello, antes cuidadosamente peinado, estaba ahora alborotado y revuelto, dándole un aspecto desquiciado y caótico que contrastaba de manera dolorosa y humillante con la extrema sofisticación del lujoso entorno nupcial. A pesar del evidente y letal peligro que representaba la proximidad de Alejandro y del impenetrable y aterrador muro de hielo que proyectaba Isabella, el colosal ego herido y la profunda desesperación de Valeria simplemente no le permitían retroceder ni aceptar la derrota pública. Su rostro, bañado y expuesto por las brillantes luces cálidas del inmenso salón, era una máscara grotesca de odio purulento, envidia tóxica y arrogancia ciega. Levantó su temblorosa mano derecha de nuevo, provocando que varios invitados contuvieran el aliento, pero esta vez no para lanzar otro golpe físico. Extendió su brazo con rigidez, señalando con un dedo tembloroso, totalmente rígido por la ira contenida, directamente y sin pudor al inmaculado rostro de Isabella, deteniéndose a escasos e insolentes centímetros de su nariz. El dedo acusador temblaba de manera incontrolable por la extrema intensidad de su furia nerviosa, y sus ojos desorbitados brillaban peligrosamente con cálidas lágrimas de frustración, rabia no derramada y locura. Quería humillar a Isabella a toda costa, necesitaba rasgar esa irritante fachada de perfección estoica y exponer a los ojos de todo el mundo empresarial la versión retorcida, paranoica y victimista de la realidad en la que ella misma creía fervientemente y con obsesión. En su mente enferma de celos patológicos, ella, Valeria, era la verdadera e indiscutible heredera del poder, el talento y el respeto, y la impasible mujer de blanco frente a ella no era más que un parásito manipulador que le había robado con engaños la vida, la riqueza y la gloria que tanto merecía. Con el rostro completamente desencajado por el odio y la voz desagradablemente rota por los gritos anteriores, Valeria lanzó un segundo y desesperado ataque verbal, buscando herir desesperadamente el ego de su enemiga frente a la prensa y la alta sociedad.

—¡Eres una impostora!

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