Chapter 35 - |

Faltaban exactamente dos minutos para la medianoche. Mateo subió rápidamente al ornamentado estrado principal del gran salón, tomando el micrófono de oro. Ignorando la inquietud sembrada por las crudas y afiladas palabras de Isabella, decidió adelantar su gran anuncio, buscando desesperadamente el aplauso y la validación de la élite mundial allí reunida.
—¡Damas y caballeros, nobles y magnates del mundo! —exclamó Mateo, su voz resonando en las paredes revestidas de inmensos espejos históricos—. ¡Brindemos por la nueva era económica! Mañana a primera hora, mi consorcio lanzará la mayor adquisición corporativa de la historia europea. ¡Un brindis por el nuevo imperio que dominará los mercados!
Alzó su copa de cristal tallado. Algunos invitados lo imitaron, pero la mayoría mantuvo la vista fija en Isabella y Alejandro, que permanecían impasibles y majestuosos en el centro de la sala, irradiando una calma letal y aterradora.
Justo en ese instante, el gigantesco reloj antiguo del castillo comenzó a dar las campanadas de medianoche. Bong. Bong.
A la tercera campanada, los teléfonos móviles de todos los grandes inversores, banqueros y magnates presentes en la sala comenzaron a vibrar y sonar al unísono, en un coro estridente y caótico de notificaciones de emergencia. Mateo sacó su propio dispositivo. Su rostro, antes lleno de arrogancia insoportable, se tornó blanco como el papel más fino, y la copa resbaló de sus manos temblorosas, estrellándose contra el mármol con un estruendo brutal y definitivo.
—¿Qué... qué es esto? —tartamudeó, perdiendo todo el aire de sus pulmones, sus ojos desorbitados leyendo el mensaje de su banco central en Suiza.
Isabella y Alejandro avanzaron con paso lento, imponente y victorioso hacia el estrado.
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—Es la cruda realidad que te negaste a ver, Mateo —proclamó Alejandro, su voz profunda imponiéndose sobre el murmullo asustado de la multitud—. Mientras tú jugabas a disfrazarte en este castillo, nosotros entregamos todas las pruebas de tus desvíos de fondos ilegales a la Interpol y al Banco Central Europeo.
—Tus cuentas acaban de ser congeladas globalmente por orden judicial federal por lavado de dinero, fraude masivo y conspiración para asesinato —continuó Isabella, su voz cristalina y triunfal siendo la sentencia final—. No tienes imperio. No tienes dinero. Estás absolutamente y totalmente arruinado. La jaula de oro se ha cerrado para siempre.