Chapter 29 - |

La aplastante humillación que Mateo sufrió en la mesa de baccarat fue el espectáculo más comentado de la noche en Mónaco. Isabella y Alejandro no solo le arrebataron cada millón que había apostado con una frialdad y precisión matemáticas asombrosas, sino que espantaron por completo a sus inversores, dejándolo en la más absoluta y miserable ruina frente a la élite europea. Para celebrar su victoria indiscutible, la pareja se retiró a su gigantesco e imponente yate privado, anclado en la bahía de Port Hercule. La noche era cálida, estrellada y perfecta, pero el aire de victoria pronto sería cortado por la desesperación de un enemigo acorralado.
Mientras Isabella descansaba en la cubierta principal, envuelta en una suave bata de seda blanca, bebiendo el último sorbo de su champán y observando las luces centelleantes de la ciudad, un sonido metálico sordo y discordante rompió la serenidad del mar. Alejandro, que estaba en el camarote inferior revisando los últimos informes financieros, escuchó el ruido extraño e inmediatamente su instinto de alerta se disparó a niveles críticos.
—¡Isabella! —gritó Alejandro, subiendo las escaleras de caoba de dos en dos con la velocidad de un depredador letal.
Apenas tuvo tiempo de llegar a la cubierta cuando dos hombres vestidos completamente de negro y fuertemente armados saltaron desde una lancha rápida silenciosa al yate, apuntando directamente hacia donde estaba ella. Mateo, desesperado y humillado, había optado por el asesinato directo.
Alejandro no dudó ni un milisegundo. Con un rugido feroz que heló la sangre de los atacantes, se abalanzó sobre el primer hombre antes de que pudiera apretar el gatillo, desarmándolo con una fuerza brutal y arrojándolo por la borda hacia el océano oscuro. El segundo sicario dudó, y ese error le costó caro. Isabella, con una sangre fría impecable y entrenada para sobrevivir a cualquier infierno, se había agachado y tomado la pistola caída.
—No te atrevas a dar un paso más en mi barco —ordenó ella, apuntando directamente al pecho del sicario con un pulso firme de acero.
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Alejandro, respirando agitadamente y lleno de una furia protectora inmensa, se paró frente a su esposa, escudándola con su propio cuerpo gigante.
—Habla ahora, escoria. ¿Quién te envió? Aunque la respuesta es obvia, quiero escucharlo antes de entregarte a las autoridades —rugió él. El ataque había fallado miserablemente.