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El Sello Escarlata / Chapter 30 / 40

Chapter 30 - |

El sicario capturado en la cubierta del yate sangraba por un corte superficial en el labio, arrodillado y temblando incontrolablemente bajo la mirada asesina de Alejandro. La policía monegasca y los equipos de seguridad privada de la familia ya estaban en camino, sus sirenas resonando débilmente en la distancia del puerto, pero en ese breve y oscuro intervalo, la ley la dictaban los reyes ofendidos. Isabella, aún sosteniendo el arma con una firmeza envidiable, miraba al mercenario con un profundo desprecio asqueado.

—Mateo... fue Mateo. Nos pagó medio millón por adelantado para causar un "accidente" fatal en alta mar —confesó el hombre, aterrorizado por la imponente figura de Alejandro, que parecía dispuesto a romperle el cuello con sus propias manos desnudas.

—Ese cobarde patético ha cruzado la línea roja definitiva —gruñó Alejandro, su voz baja y vibrante de pura ira destructiva, apretando los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos—. Intentar arruinarnos es un juego de negocios. Atentar contra tu vida, mi amada esposa, es una sentencia de muerte absoluta. No habrá tribunales, no habrá juicios limpios. Lo voy a borrar de la faz de la tierra.

Isabella bajó el arma lentamente, asegurando el seguro y colocándola sobre una mesa de cristal. Se acercó a su esposo y colocó ambas manos sobre su pecho tenso y musculoso, buscando calmar la tormenta de furia primitiva que lo consumía por completo.

—Alejandro, mírame. Estoy intacta. Su estúpido plan falló porque te tengo a ti como mi escudo inquebrantable —susurró Isabella, mirándolo a los ojos con un amor infinito, profundo y leal—. Pero no nos rebajaremos a ser simples matones. Sería un final demasiado rápido y misericordioso para él. Lo vamos a destruir públicamente.

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—¿Qué tienes en mente, mi reina estratega? —preguntó él, su respiración comenzando a estabilizarse bajo el toque mágico y dulce de su esposa, aunque su instinto asesino seguía latente.

—Obligaremos al mundo a ver lo que es: un vulgar criminal de poca monta. Entregaremos a este peón a la Interpol. Pero antes, descubriremos el último refugio financiero de Mateo y lo encerraremos en una trampa legal y financiera tan hermética que suplicará piedad en cadena nacional —sentenció Isabella, con una brillante y macabra sonrisa triunfal—. Nos vamos a París. Allí es donde se esconde su tesoro oculto.

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