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El Sello Escarlata / Chapter 27 / 40

Chapter 27 - |

El majestuoso jet privado de la familia, un palacio volador de tecnología y lujo desenfrenado, surcaba los cielos despejados sobre el mar Mediterráneo en dirección al codiciado paraíso fiscal de Mónaco. Después de purgar la traición de Roberto, Isabella y Alejandro sabían que debían adelantarse a los movimientos de Mateo. La información recuperada indicaba que el misterioso enemigo intentaría cerrar un trato masivo con inversores europeos en el famoso casino de Montecarlo. Lejos de esconderse, los reyes del imperio decidieron enfrentar la amenaza en territorio neutral, exhibiendo su poderío indomable.

A bordo, la atmósfera era íntima y cargada de una pasión renovada por la batalla inminente. Isabella, vestida con un elegante y ceñido vestido rojo escarlata que contrastaba maravillosamente con su piel pálida, observaba las nubes a través de la ventanilla, sosteniendo una copa de cristal con champán puro.

—Mónaco siempre ha sido un nido de víboras sedientas de poder y dinero sucio —comentó ella, girando la copa con lentitud—. Mateo cree que encontrará aliados allí para financiar su estúpida guerra de venganza.

Alejandro, que estaba sentado frente a ella analizando contratos en su tableta, la dejó a un lado y se acercó, sentándose a su lado y envolviéndola en un abrazo cálido, fuerte y sumamente romántico. Su sola presencia era un ancla de seguridad indestructible.

—Las víboras se inclinan ante los dragones, mi reina. Y nosotros vamos a quemar cada alianza que intente forjar antes de que siquiera firme el acuerdo —murmuró Alejandro, besando tiernamente el cuello de su esposa, su instinto de protección más vivo que nunca—. Nadie, absolutamente nadie, interfiere con nuestro legado y sale ileso.

Isabella sonrió, una sonrisa letal pero llena de amor devoto por el hombre que jamás la dejaría caer.

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—Nuestra estrategia será simple pero devastadora. Lo humillaremos públicamente en la mesa de apuestas, expondremos su debilidad ante sus posibles socios y lo dejaremos sin fondos. Cuando termine la noche, estará tan arruinado como Valeria.

—Será un placer verte destruirlo, amor mío. Eres la mujer más magnífica y letal que jamás ha pisado esta tierra —dijo él, mirándola con adoración infinita antes de fundirse en un beso apasionado y dominante que selló su pacto de sangre y oro. Mónaco no sabía la tormenta que se avecinaba.

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