Chapter 33 - |

La noche del deslumbrante y legendario baile de máscaras finalmente llegó. El grandioso e histórico Château de Versalles, alquilado por Mateo con los últimos fondos ilícitos que le quedaban, estaba iluminado con mil antorchas, creando un espectáculo de una opulencia casi vulgar, desesperada por impresionar a la élite mundial. La alta sociedad, siempre ávida de nuevos escándalos y alianzas, acudió en masa, vistiendo trajes de época y máscaras venecianas intrincadas de oro y diamantes. Mateo, vestido como un rey absolutista del siglo XVIII, recibía a los invitados en el Salón de los Espejos, creyéndose el amo absoluto e indiscutible del universo.
A las once de la noche, las inmensas y majestuosas puertas del gran salón se abrieron con lentitud, y el eco de las conversaciones se apagó instantáneamente. Todos giraron la cabeza.
Isabella y Alejandro entraron. No se escondieron. Isabella lucía un espectacular vestido de alta costura negro medianoche que caía como una cascada de sombras líquidas, adornado con sutiles hilos de plata que destellaban con un brillo frío y letal. Llevaba una máscara de encaje negro puro y diamantes que realzaba sus ojos feroces. Alejandro, imponente, gigante y protector, iba con un esmoquin negro impecable y una simple máscara oscura de media cara. Irradiaban un poder crudo, dominante e inigualable.
—Tienen el descaro de aparecer aquí, después de retirarse del mercado europeo —susurró uno de los aristócratas, oculto tras su máscara de plumas.
Mateo, intentando ocultar su sorpresa y pánico inicial ante la deslumbrante y majestuosa aparición de la pareja que creía haber intimidado, caminó hacia ellos con una copa en la mano, forzando una sonrisa arrogante.
—Vaya, vaya. Los reyes destronados se atreven a pisar mi castillo —se burló Mateo, en voz lo suficientemente alta para que los curiosos escucharan—. Supongo que vinieron a pedir clemencia para salvar lo poco que les queda de su compañía antes de que yo la absorba mañana por la mañana.
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Isabella soltó una carcajada suave, melodiosa y escalofriantemente hermosa que resonó en el inmenso salón dorado, helando la sangre de los presentes.
—Oh, Mateo. Qué adorable e infantil es tu ilusión de grandeza —respondió Isabella, su voz cargada de un desprecio venenoso y elegante—. Solo vinimos a disfrutar del entretenimiento de la noche. Y te aseguro que el acto principal será inolvidable. El reloj está corriendo.