Chapter 22 - |

La mañana siguiente amaneció con un sol radiante y triunfal que se filtraba a través de los inmensos ventanales de cristal de la suite principal del ático de lujo, bañando toda la inmensa habitación en una luz dorada y sumamente cálida. Isabella se despertó lentamente, envuelta en las sábanas de seda italiana más finas, sintiendo el calor reconfortante y protector del fuerte cuerpo de Alejandro a su lado. La paz inmensa que ahora respiraba era absoluta, un contraste total y maravilloso con el torbellino oscuro y venenoso de los meses anteriores. La pesadilla había terminado definitivamente.
—Buenos días, mi fiera e invencible esposa —murmuró Alejandro, depositando un suave y cálido beso en el hombro desnudo de Isabella. Ya estaba completamente despierto, sosteniendo una tableta moderna donde los titulares financieros del mundo entero gritaban su rotunda e indiscutible victoria.
Isabella se giró con gracia felina, sonriendo perezosamente mientras sus finos dedos trazaban con ternura la fuerte línea de la mandíbula de su marido.
—Dime exactamente qué dice el mundo, Alejandro. ¿Cómo relatan la estrepitosa caída de su insoportable prepotencia? —preguntó ella, con un tono impregnado de curiosidad, elegancia y profunda satisfacción.
Alejandro giró la pantalla iluminada para que ella pudiera ver. Los titulares eran contundentes e implacables: "Imperio Caído: Valeria procesada por fraude masivo y extorsión", "La Jugada Maestra de los Nuevos Reyes de la Bolsa", "El fin de una era corrupta y el inicio de un monopolio absoluto y brillante".
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—La prensa internacional está frenética. Las acciones de sus antiguas empresas se han desplomado a cero absoluto, y nosotros hemos absorbido sus activos más valiosos por una fracción minúscula de su coste real —explicó él, su voz cargada de un inmenso orgullo—. Los tribunales federales han denegado la fianza. Se enfrenta a al menos treinta años en una prisión de máxima seguridad sin privilegios.
—Es exactamente el oscuro y frío destino que merecía por atreverse a intentar manchar nuestro inmaculado nombre —dijo Isabella, sentándose y dejando que la seda cayera, revelando su postura majestuosa—. Pero no podemos dormirnos en los laureles. Prepárate, tenemos una junta directiva que dominar.