Chapter 18 - Sombras Exiliadas

Mientras los grandes, silenciosos e inexpresivos guardias de seguridad uniformados se acercaban a paso rápido y decidido al centro de la pista de baile, preparados profesionalmente para agarrar y escoltar por la fuerza a la mujer completamente quebrada en llanto fuera del lujoso salón de eventos del hotel antes de que estallara el caos, Alejandro, el imponente y ferozmente protector novio de traje oscuro, dio un solo y largo paso hacia adelante, acortando y cerrando de manera protectora y definitiva la pequeña y prudente distancia física que aún lo separaba del esbelto e inmaculado cuerpo de su recién estrenada esposa. Rodeó con increíble y posesiva suavidad, pero con la firmeza irrompible y reconfortante de una muralla de acero macizo, su brazo fuerte, pesado y cálidamente protector alrededor de la estrecha cintura de encaje de Isabella, atrayéndola lenta y firmemente hacia un costado de su amplio y protector pecho para refugiarla de las miradas curiosas y del ambiente cargado de negatividad y shock, marcando su indiscutible territorio ante todos los presentes como el marido victorioso y fiero. Ella, que hasta ese momento se había mantenido rígida, fría, perfecta y en absoluto e inhumano control de todas y cada una de sus emociones y microexpresiones corporales, finalmente permitió voluntariamente y con alivio el íntimo contacto físico, exhalando apenas y relajando leve, casi imperceptiblemente, pero de forma muy real, la enorme e innegable tensión acumulada de meses que petrificaba fuertemente sus tensos hombros, su rígido cuello y su espina dorsal, aunque su estoico, orgulloso y hermoso rostro de mármol se mantenía firme e impasible ante la multitud que no dejaba de observarlos y escrutarlos. Él bajó leve e íntimamente su cabeza, la pesada y oscura mirada fija por un momento solo en ella, su fuerte respiración, que ahora era notablemente más rítmica, cálida y pausada tras pasar el pico de adrenalina y furia protectora de los minutos anteriores, rozando delicadamente y con afecto genuino la piel del cuello y el pequeño oído perfumado y adornado de diamantes de ella. No necesitaban pronunciar palabras obvias o innecesarias para comunicarse fluidamente en ese preciso instante de su rotundo e histórico éxito y triunfo conjunto y definitivo. El profundo e irrompible vínculo emocional, mental, financiero y espiritual forjado duramente bajo inmensa presión, en las incandescentes llamas del infierno de las traiciones y las crudas, oscuras y sangrientas batallas corporativas sin escrúpulos, y finalmente consolidado, validado y expuesto victoriosamente ante todo el mundo en esta misma noche sagrada e inolvidable de rotunda y definitiva victoria, era simplemente inquebrantable, blindado y para la eternidad. Alejandro, mejor que nadie en el mundo, conocía a la perfección, comprendía empáticamente y sentía profundamente en sí mismo el asfixiante, largo y enorme costo mental, psicológico y enormemente emocional que planificar y ejecutar impecablemente y a sangre fría esta despiadada y milimétrica confrontación maestra final había exigido y drenado enormemente de las reservas de energía de Isabella; pero al mismo tiempo, la admiraba profunda, ardiente y devotamente más que nunca por la escalofriante, brillante, implacable e innegable letalidad de su brillante mente táctica, amando locamente a la invencible y formidable mujer reina con la que había elegido libre y conscientemente compartir todos los años del resto de su exitosa vida en la cima. Miró rápidamente, de reojo pero con fiera intensidad territorial y amor, la evidente y aún persistente marca rojiza e inflamada de la bofetada que aún perduraba obstinadamente en la pálida y suave piel de la perfecta mejilla de la invicta Isabella, viéndola no como una herida, sino como un indiscutible y glorioso recordatorio físico, evidente y permanente de la impotente debilidad, estupidez y la profunda, patética desesperación irracional que llevó a la caída a su ahora destruida y arruinada enemiga. Alejandro sintió de inmediato una fuerte y embriagadora oleada de profunda y genuina ternura devota que inundó su pecho protector, intensamente mezclada e infusionada con un fiero, intenso e incontrolable y casi animal orgullo de pertenencia por la inmensa fortaleza demostrada por su indomable y brillante esposa que no retrocedió jamás en ningún instante durante el feo y violento asalto. Mientras tanto, en el suelo de mármol y cristales, Valeria fue firmemente tomada, agarrada de forma segura y sin miramientos por debajo de ambos codos por los fuertes y experimentados guardias de seguridad de oscuro traje del hotel, quienes levantaron su cuerpo roto del suelo manchado de champán y la guiaron eficientemente, de manera rápida, profesional y sin mostrar la más mínima compasión ni amabilidad frente a las decenas de cámaras y teléfonos, llevándola a la fuerza hacia las grandes y pesadas puertas dobles de caoba del salón de fiestas, exactamente por las mismas opulentas e imponentes puertas por las que esa misma mujer había irrumpido furiosa, vociferando y con tan insoportable y altanera arrogancia, falso sentido de invencibilidad y furia irracional apenas unos escasos minutos antes de que su mundo terminara. Mientras era arrastrada lastimosamente, sin dignidad, y en un desgarrador llanto histérico hacia afuera del salón ante la helada y severa mirada de cientos de personas, convertida rápidamente a los ojos de todos en una ridícula, sollozante y patética figura dorada y llorosa totalmente hundida, vencida y humillada, que poco a poco se iba perdiendo y disolviendo definitivamente de su realidad como una pesadilla en las sombras del largo pasillo del hotel antes de ser entregada a las implacables y punitivas manos de las rígidas autoridades judiciales federales, Isabella, cerrando sus hermosos y oscuros ojos con un profundo alivio, finalmente soltó desde el fondo de sus pulmones constreñidos un largo, profundo, liberador, lento y perfectamente controlado y silencioso suspiro al aire de la sala, permitiéndose internamente a sí misma en ese mismo e íntimo instante, procesar, asimilar, disfrutar y aceptar cognitivamente el definitivo y exitoso final absoluto de una larga, brutal y terriblemente extenuante y peligrosa guerra corporativa que se prolongó durante años. Habían ganado total y absolutamente el letal juego. El vasto e inimaginablemente rico imperio empresarial estaba completa y permanentemente asegurado para su descendencia, y el molesto e incansable dragón venenoso que los acechaba había sido brutal, impecable y quirúrgicamente decapitado y aniquilado sin piedad ni vuelta atrás.