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El Sello Escarlata / Chapter 21 / 40

Chapter 21 - |

El eco del vals se desvaneció lentamente en el inmenso y majestuoso salón de baile, pero la magia, la tensión y el poder absoluto de aquel momento quedaron irrevocablemente suspendidos en el aire, densos y palpables. La alta sociedad, antes dispuesta a devorarlos ante cualquier signo de debilidad, ahora los miraba con un respeto que rayaba en el terror absoluto, una sumisión profunda ante la pareja que acababa de destruir a una de las dinastías más antiguas. Isabella, aún envuelta en la asombrosa majestuosidad de su inmaculado vestido de encaje francés, levantó la vista hacia Alejandro. Sus ojos oscuros brillaban con la intensidad implacable de mil estrellas, reflejando el triunfo y el poder de su impecable, absoluta y aplastante victoria financiera. El silencio era ensordecedor, roto solo por el tintineo lejano del cristal fino.

—Todo ha terminado al fin, mi rey —susurró Isabella, su voz suave pero cargada de una fuerza inquebrantable, acariciando con gracia la solapa del esmoquin oscuro de su protector esposo.

Alejandro la miró con una devoción feroz e infinita, sus manos grandes y viriles aún envolviendo la delicada cintura de su esposa con una firmeza apasionada.

—No, mi hermosa reina. Esto es solo el humilde principio de nuestro verdadero imperio intocable —respondió Alejandro, con una voz profunda que vibraba de orgullo—. Valeria ha caído para siempre, reducida a cenizas bajo nuestros pies, pero el mundo entero debe saber que nuestro dominio es absoluto, eterno e inquebrantable. Hoy hemos escrito la historia con su ruina.

Ambos comenzaron a caminar lentamente hacia la salida del gran salón. Cada paso que daban resonaba sobre el pulido mármol italiano, y la multitud se apartaba dócilmente, creando un pasillo de reverencia silenciosa. Al cruzar las inmensas puertas, los flashes de los paparazzi estallaron, iluminando la noche estrellada.

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—¿Crees que intente suplicar desde su fría celda federal? —preguntó Isabella con una sonrisa helada y perfecta, subiendo al lujoso coche blindado.

—Si lo hace, sus inútiles palabras se ahogarán en el vacío de su propia miseria. No hay piedad para nuestros enemigos —sentenció él, cerrando la puerta y sellando su triunfo.

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