Chapter 26 - |

La tensión en la suite ejecutiva era tan densa que podía cortarse con un cuchillo de acero frío. Tras una meticulosa e implacable investigación interna llevada a cabo en el más absoluto secreto, Isabella había encontrado la falla en su impenetrable armadura corporativa. El topo no era un analista de bajo nivel, sino Roberto, uno de los vicepresidentes de logística más antiguos y supuestamente leales de la compañía. Ahora, el traidor estaba sentado en una silla en el centro del vasto despacho, sudando profusamente, flanqueado por dos enormes guardias de seguridad de confianza absoluta. Isabella y Alejandro lo miraban desde el otro lado del escritorio, como dos deidades implacables juzgando a un pecador miserable.
—C-creo que hay un terrible malentendido, señora Isabella. Yo jamás traicionaría a esta familia. Les he servido durante quince años —tartamudeó Roberto, temblando visiblemente ante la presencia abrumadora y gélida de la pareja.
Isabella no dijo una palabra de inmediato. Con una lentitud calculada y majestuosa, deslizó una carpeta negra de cuero sobre el pulido escritorio de caoba y la abrió, revelando extractos bancarios de cuentas offshore en Suiza.
—Quince años de lealtad comprados por dos millones de dólares, Roberto. Una cifra vergonzosamente baja para vender tu alma y el futuro de mi imperio —dijo Isabella, su voz carente de toda emoción, fría como el hielo—. Mateo te contactó hace dos semanas. Le diste acceso a los códigos de encriptación de nuestras rutas comerciales marítimas.
Alejandro dio un paso al frente, su imponente presencia ensombreciendo por completo la temblorosa figura del vicepresidente.
—Tienes exactamente diez segundos para explicar por qué no debería arrojarte por esa ventana ahora mismo —rugió Alejandro, su voz resonando en las paredes con una furia masculina, cruda y aterradora.
—¡Me amenazó! ¡Dijo que destruiría a mi familia si no cooperaba! —lloriqueó el hombre, cayendo de rodillas al suelo, completamente quebrado y humillado—. ¡Por favor, se lo suplico, piedad!
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—La piedad murió el día que intentaron destruir a mi esposa —sentenció Alejandro implacable.
—Firmarás una confesión detallada entregando a Mateo a las autoridades federales, y luego te irás a la cárcel por espionaje industrial, Roberto. Llévenselo —ordenó Isabella. El contraataque había comenzado, y sería apocalíptico.