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El Sello Escarlata / Chapter 3 / 40

Chapter 3 - El Escudo de Ónice

A su lado, manteniéndose cerca como un escudo inquebrantable y leal, estaba el novio, Alejandro. Un hombre hispano a principios de sus treinta, cuya presencia física, alta e imponente, llenaba por completo el espacio a su alrededor, atrayendo las miradas de todos los presentes. Era extraordinariamente apuesto, con el cabello oscuro impecablemente peinado hacia atrás y una mandíbula cuadrada que denotaba una determinación férrea y un carácter implacable en los negocios. Vestía un esmoquin negro clásico de corte italiano hecho a medida, que se ajustaba a sus hombros anchos con una precisión milimétrica, acompañado de una camisa blanca impoluta, botones de ónice y un elegante lazo negro de seda. Alejandro no solo era el heredero único de una vasta fortuna naviera internacional, sino también el protector jurado de Isabella. Sus ojos oscuros y penetrantes no dejaban de escanear la multitud, evaluando cada rostro, cada movimiento periférico, como un depredador alfa que cuida celosamente su territorio. Conocía íntimamente los peligros y las amenazas que acechaban a su nueva esposa y estaba dispuesto a cruzar cualquier límite legal o moral para mantenerla a salvo de aquellos que deseaban verla caer. La respiración de Alejandro era profunda y metódicamente controlada, un testimonio silencioso de su entrenamiento físico y su asombrosa capacidad para mantener la calma bajo una presión extrema. Sin embargo, detrás de esa imponente fachada de control absoluto, ardía un fuego de intensidad emocional que rara vez dejaba ver en público. Estaba profunda, pasional e irrevocablemente enamorado de Isabella, no solo por su indudable belleza física, sino por su intelecto letal, su astucia estratégica y su espíritu indomable. Sus manos grandes y fuertes rozaban ocasionalmente la cintura de ella, un gesto protector que transmitía tanto posesión como un apoyo incondicional en medio de la tormenta. En este inmenso salón lleno de hipócritas, aduladores y falsos amigos, ellos dos formaban una alianza impenetrable, un frente unido contra cualquier adversidad que se atreviera a cruzar las pesadas puertas de caoba del salón de recepciones. Alejandro estaba listo para la guerra, y la guerra estaba a punto de entrar por la puerta principal.

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