Chapter 24 - |

Semanas después de la monumental y aplastante victoria que consolidó su reinado inquebrantable, la élite de la ciudad organizó un exclusivo y fastuoso evento benéfico en el museo de arte contemporáneo. El recinto entero estaba decorado con orquídeas blancas inmaculadas y cristales relucientes, un tributo silencioso a la pureza del nuevo imperio de Isabella y Alejandro. La pareja caminaba por los pasillos iluminados, atrayendo todas las miradas, recibiendo reverencias disimuladas y saludos llenos de un respeto temeroso. Todo parecía transcurrir en una calma perfecta, hasta que una figura desconocida emergió de las sombras del salón.
Era un hombre de porte elegante, vestido con un esmoquin de corte europeo impecable, pero con una mirada fría y calculadora que desentonaba con la atmósfera festiva. Se acercó a la pareja con una seguridad inquietante, sosteniendo una copa de champán y esbozando una sonrisa enigmática.
—Isabella, Alejandro. Las leyendas vivientes de nuestro tiempo —dijo el extraño, deteniéndose a una distancia prudente pero desafiante—. Es un verdadero honor conocer a los arquitectos de la ruina de Valeria. Mi nombre es Mateo, y represento ciertos intereses internacionales que han seguido muy de cerca su reciente... expansión.
Alejandro tensó la mandíbula al instante, su instinto protector y feroz de guerrero activándose de inmediato, interponiéndose ligeramente entre Mateo y su esposa.
—No recuerdo haber solicitado ninguna reunión con "intereses internacionales" esta noche, Mateo. Este es un evento privado —respondió Alejandro con una voz peligrosamente baja y cargada de amenaza letal.
—El mundo de los negocios nunca duerme, Alejandro —replicó Mateo, sin perder la sonrisa, aunque sus ojos traicionaban un odio profundamente oculto—. Solo quería presentar mis respetos. Y recordarles que, por cada imperio que se alza, hay sombras antiguas que reclaman su parte. Tengan una excelente velada.
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Mateo hizo una leve reverencia y se retiró, perdiéndose entre la multitud. Isabella, imperturbable en apariencia pero con la mente trabajando a mil por hora, tomó suavemente el brazo de Alejandro, sintiendo los músculos tensos de su esposo bajo la tela costosa del traje oscuro.
—Ese hombre no vino a presentar respetos, Alejandro. Vino a declarar la guerra —susurró Isabella, con frialdad—. Averigua todo sobre él. Nadie amenaza nuestro trono.