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El Sello Escarlata / Chapter 36 / 40

Chapter 36 - |

El caos estalló en el majestuoso Salón de los Espejos de Versalles. Los mismos inversores y banqueros que segundos antes estaban dispuestos a brindar con Mateo, ahora retrocedían horrorizados, como si el hombre estuviera infestado por la peste negra. Nadie en el despiadado mundo de las altas finanzas quería estar remotamente asociado con un criminal expuesto y arruinado a nivel internacional. Mateo cayó de rodillas sobre el frío mármol, aferrándose desesperadamente al estrado, balbuceando órdenes sin sentido a su teléfono muerto, negándose a aceptar la destrucción total e inminente de su venganza.

Antes de que pudiera intentar una huida patética y cobarde, las grandes puertas principales del castillo se abrieron de golpe, interrumpiendo la elegante velada. Un contingente de agentes de la policía francesa e investigadores de la Interpol, fuertemente armados y vestidos con trajes tácticos, invadió el salón.

—¡Mateo Vargas! ¡Está usted bajo arresto por fraude financiero internacional, blanqueo de capitales y conspiración de asesinato en primer grado! —gritó el comandante de la unidad, avanzando rápidamente a través de la aterrorizada y silenciosa multitud que se apartaba dócilmente.

Dos agentes lo levantaron bruscamente del suelo, colocándole unas pesadas esposas de acero brillante en las muñecas, aplastando cualquier rastro de la majestuosidad ridícula de su traje de época.

Mientras era arrastrado patéticamente hacia la salida, forcejeando en vano, Mateo giró la cabeza y clavó su mirada llena de un odio impotente y lágrimas amargas en los reyes intocables de la sala.

—¡Esto no ha terminado! ¡Me vengaré, lo juro! —gritó desesperado, su voz quebrando de humillación pública.

Alejandro lo miró con absoluta frialdad, abrazando a su esposa por la cintura, su figura inmensa siendo el escudo y la espada del matrimonio invencible.

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—Sí, ha terminado. Te pudrirás en una celda oscura junto a tu miserable hermana, olvidados por el mundo. Eres solo polvo barrido de nuestro camino —sentenció el rey, su voz grave resonando como el martillo final de un juez implacable.

Isabella no dijo nada. Solo alzó levemente su copa de champán con una sonrisa divina, deslumbrante e intocable, brindando silenciosamente por su victoria definitiva, mientras el criminal era expulsado a la oscuridad para siempre. El imperio estaba finalmente purgado y a salvo.

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