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El Sello Escarlata / Chapter 39 / 40

Chapter 39 - |

Alejandro sintió un ligero temblor en la voz de su fuerte e invencible esposa. Inmediatamente la giró con suavidad para quedar frente a frente, sus ojos oscuros e intensos escudriñando el rostro pálido, perfecto y repentinamente ruborizado de Isabella. Su instinto protector se alertó por un segundo, buscando cualquier signo de preocupación, pero lo que encontró en la mirada de ella fue una luz radiante, cálida y llena de una paz celestial, pura y profunda que jamás había visto antes, ni siquiera en el clímax de sus mayores victorias.

—¿Qué ocurre, mi vida? Me estás manteniendo en ascuas —preguntó Alejandro, con una ternura infinita que reservaba pura y exclusivamente para la mujer de su vida.

Isabella sonrió, una sonrisa tan dulce, inmaculada y brillante que iluminó la inmensa habitación corporativa, borrando cualquier rastro de frialdad en el ambiente calculador. Lentamente, tomó una de las grandes y ásperas manos de su marido y la guió con amor y delicadeza hasta posarla sobre su propio vientre plano.

—Hemos construido el imperio más sólido, poderoso, inquebrantable e intocable que el mundo ha visto, Alejandro —comenzó Isabella, con lágrimas de felicidad pura formándose en sus ojos feroces—. Hemos destruido a nuestros enemigos y asegurado nuestra paz eterna. Pero todo este inmenso oro, todo este poder aplastante, no significaría absolutamente nada sin alguien a quien legárselo.

El corazón de Alejandro se detuvo por una fracción de segundo. Sus ojos se abrieron con asombro puro y sus pulmones olvidaron cómo respirar, mientras la revelación divina y monumental golpeaba su mente brillante.

—Isabella... ¿Estás diciendo que tú y yo...? —tartamudeó el gigante guerrero, el hombre que había doblegado a imperios enteros, ahora temblando de pura, abrumadora e inmensa emoción.

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—Sí, mi fiero y amado rey —susurró Isabella, rompiendo en llanto de pura y absoluta alegría mágica y victoriosa—. Estoy embarazada. Vamos a tener un hijo. El heredero definitivo de todo lo que somos.

Alejandro cayó de rodillas frente a ella, besando su vientre con una devoción abrumadora y reverencial, llorando como nunca lo había hecho. El imperio financiero era insignificante en comparación con la gloria majestuosa e inmortal de este inmenso milagro de la vida.

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