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El Sello Escarlata / Chapter 4 / 40

Chapter 4 - La Intrusión Dorada

Mientras la orquesta de cuerdas comenzaba a tocar una suave pieza clásica para invitar a los comensales a tomar asiento, las pesadas puertas dobles de caoba del salón principal se abrieron con una fuerza tan brutal que el golpe hizo eco por encima de la música. En el umbral, recortada contra la luz del pasillo, apareció Valeria. Era una mujer hispana, también en sus primeros treinta años, dueña de una belleza salvaje, cruda y agresiva que contrastaba violentamente con la elegancia contenida y aristocrática de la novia. Su cabello castaño ondulado caía libre y desordenadamente sobre sus hombros, moviéndose con cada paso errático lleno de furia contenida y desesperación. Vestía un ajustado vestido largo de manga larga, confeccionado en una llamativa tela metálica dorada y fruncida que se adhería a su cuerpo sudoroso como una segunda piel, haciéndola parecer una estatua de oro fundido lista para atacar en medio de un banquete. La elección de su extravagante atuendo no era casual; era un grito de guerra estridente, una declaración visual de superioridad, ego herido y desafío directo en medio de un mar de elegantes tonos pastel y sobrios trajes oscuros. Valeria caminó hacia el interior del salón iluminado, sus altos tacones de diseñador resonando contra el pulido suelo de mármol con un ritmo amenazador, casi marcial. Sus ojos, oscuros, inyectados en sangre y desorbitados por una ira enfermiza que la consumía desde adentro, se fijaron inmediatamente como láseres en la pareja de recién casados de pie en el centro de la sala. Valeria era la dueña absoluta de la corporación rival de logística, una mujer que había perdido cientos de millones en contratos durante el último año debido a las astutas, implacables y perfectamente legales maniobras empresariales de Isabella. Pero su odio iba mucho más allá de los negocios; era un resentimiento personal, tóxico, venenoso y profundamente arraigado. Había crecido a la amarga sombra del éxito inalcanzable de Isabella, y ahora, viéndola allí, triunfante, intocable y radiante junto a Alejandro, el frágil hilo de control que mantenía sobre su propia cordura se fracturó por completo en mil pedazos. Cada respiración de Valeria era agitada, sus fosas nasales se dilataban con cada inhalación mientras cruzaba la inmensa pista de baile, apartando a los distinguidos invitados horrorizados como si fueran simples y molestos obstáculos de cartón en su camino ineludible hacia la destrucción total.

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