Chapter 36 - The Final Standoff

Isabella abrió la puerta de la habitación de Carmen de una patada violenta y sorpresiva, empuñando el pesado candelabro de metal macizo en alto, lista para descargar toda su furia acumulada. La jefa de llaves se despertó sobresaltada, emitiendo un grito ahogado de puro terror al ver a la figura desquiciada de la mujer empapada de pie frente a su cama, con los ojos inyectados en sangre reflejando una locura profunda y destructiva.
—¡Tú y tu estúpida, bocona y entrometida hija me robaron mi vida entera, mi dinero y mi futuro! ¡Me lo quitaron absolutamente todo! —bramó Isabella, con una voz estridente y distorsionada que parecía salir del mismo infierno, levantando el arma pesada por encima de su cabeza, preparándose para asestar un golpe mortal a la empleada—. ¡Ahora les toca a ustedes pagar el precio de arruinarme la existencia, van a sufrir lo indecible!
Pero justo en la milésima de segundo en que el brazo de Isabella comenzaba a descender para realizar su macabro acto, la puerta principal del pasillo del ala de servicio fue derribada con una fuerza brutal y ensordecedora. La habitación se inundó repentinamente de luz cegadora proveniente de las linternas tácticas, y al menos cuatro fornidos guardias de seguridad irrumpieron en la estancia con sus armas desenfundadas, apuntando directamente al pecho de la intrusa. Detrás de ellos, respirando agitadamente y con la camisa desabotonada por la prisa, entró Santiago, con una expresión letal, imponente y llena de una furia asesina.
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La alarma silenciosa de la valiente pequeña Sofía había funcionado a la perfección, salvando sus vidas en el último segundo crítico. Al verse repentinamente acorralada, deslumbrada por las fuertes luces y rodeada por hombres fuertemente armados, Isabella vaciló momentáneamente, dando un paso hacia atrás, bajando ligeramente su arma contundente y mirando a Santiago con una mezcla bizarra de terror extremo y locura suplicante, buscando en él algún rastro del amor que alguna vez fingió tenerle.
—Tira esa maldita arma al suelo ahora mismo, Isabella. El juego demente se ha terminado definitivamente para ti —ordenó Santiago con una voz grave, firme y cargada de una autoridad absoluta e inapelable que no admitía réplica alguna. No levantó la voz, pero cada palabra fue un golpe de martillo para la trastornada mujer. Estaba acabada y lo sabía.