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Chapter 34 - The Intruder

Esa noche, una feroz tormenta eléctrica de proporciones bíblicas azotaba la capital. Relámpagos rasgaban el cielo oscuro con furia, seguidos de truenos ensordecedores que hacían vibrar los gruesos cristales de las ventanas y enmascaraban cualquier sonido menor, creando una sinfonía perfecta para el desastre. Oculta bajo un grueso y oscuro impermeable de plástico que la mimetizaba con las sombras, Isabella caminaba con dificultad por el lodo espeso y la maleza espesa hacia la parte trasera, más boscosa y menos vigilada de los inmensos terrenos de la gran mansión de la familia Vargas. Conocía muy bien la enorme propiedad, y aún recordaba con claridad que existía un antiguo conducto de mantenimiento subterráneo para las tuberías de calefacción que daba acceso directo a los jardines traseros, evitando por completo las modernas cámaras de seguridad perimetrales de la entrada principal.

Con un esfuerzo físico que rayaba en la desesperación y la locura, logró arrastrarse arrastrando su cuerpo por el húmedo túnel, ignorando el fango, el agua sucia y los rasguños que lastimaban su piel, hasta emerger sigilosamente en medio de los oscuros arbustos cerca del ala de servicio del inmenso complejo. Su corazón latía con una violencia descontrolada, impulsado por una mezcla tóxica de pura adrenalina y un odio profundo, ciego y psicópata que la consumía por dentro. En su bolsillo derecho, su mano empuñaba fuertemente un pesado adorno de metal sólido que había robado esa misma tarde de una tienda para usarlo como arma improvisada.

Su objetivo estaba sumamente claro en su mente perturbada y enferma: las habitaciones del personal de servicio interno, específicamente el dormitorio donde dormían plácidamente Carmen y la pequeña Sofía. Avanzó lentamente entre las sombras proyectadas por los árboles agitados por el viento, pegándose a las gruesas paredes de piedra de la mansión para no ser detectada por los reflectores del jardín. La fuerte lluvia borraba por completo cualquier rastro de sus pasos en el lodo, y los relámpagos iluminaban por segundos su rostro empapado, revelando una mueca espeluznante y trastornada de determinación asesina. Ya no tenía absolutamente nada que perder en esta vida, y estaba dispuesta a cobrar su revancha más sangrienta cueste lo que cueste, arrastrando a la miseria a quienes ella culpaba de su fracaso.

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