Chapter 33 - A House Divided

La enorme y palpable tensión en el lujoso ático blindado había llegado a un punto de quiebre absoluto. Fernando Montenegro, un hombre de negocios frío, calculador y sumamente pragmático, observaba a Isabella caminar compulsiva y maniáticamente de un lado a otro del amplio salón de cristal, murmurando incoherencias llenas de odio y amenazas. Se dio cuenta con aterradora claridad de que haberse aliado con ella había sido el error de cálculo más grave y estúpido de toda su carrera profesional. La mujer era una bomba de relojería emocional, inestable, profundamente desquiciada, y su obsesión personal por destruir la felicidad de Santiago estaba nublando cualquier estrategia empresarial o ataque financiero que pudieran planear contra el imperio Vargas.
Esa misma noche, Fernando tomó una decisión fría y contundente, propia de su carácter despiadado. Mientras Isabella se encerraba en su habitación a llorar de frustración, él cambió inmediatamente todos los códigos de acceso de seguridad de las computadoras centrales, vació rápidamente las cuentas bancarias compartidas que habían creado para la operación y dio la orden expresa a sus guardaespaldas de confiscarle cualquier teléfono o dispositivo. A la mañana siguiente, cuando Isabella salió de su habitación, encontró sus maletas empacadas y arrojadas sin contemplaciones junto a la puerta del ascensor del ático.
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—Se acabó, Isabella. Estás completamente fuera de esta operación y de mi vida —anunció Fernando desde su escritorio, sin siquiera dignarse a mirarla a los ojos—. Eres demasiado estúpida, impulsiva y representas un riesgo inaceptable para mis inversiones millonarias. Ya no me sirves para nada útil. Agradece que te permito irte caminando libremente de aquí en lugar de arrojarte por el balcón. Desaparece de la ciudad hoy mismo. Si vuelvo a ver tu cara, te juro que te destruiré yo mismo.
Expulsada de nuevo a la calle, sin acceso a dinero, sin los poderosos recursos tecnológicos de Montenegro y sin absolutamente ninguna esperanza de recuperar el estatus o la riqueza perdida, la mente ya frágil de Isabella terminó de fracturarse por completo, cayendo en un abismo de locura. Caminando bajo una lluvia torrencial, empapada y tiritando, su cerebro enfermo encontró un nuevo y espeluznante enfoque. Si no podía destruir el dinero de Santiago ni lastimar a su nueva e intocable novia protegida por guardias, destruiría de raíz lo que originó su humillante ruina. La causa inicial de su desgracia y su miseria no era Santiago ni Elena; la única y verdadera culpable de que su plan maestro hubiera fracasado estrepitosamente en la boda era esa pequeña, curiosa y maldita niña. Sofía. Isabella sonrió en medio de la lluvia, una sonrisa retorcida y psicópata. La venganza final y definitiva tendría un precio de sangre.