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Chapter 32 - The Desperate Move

La aplastante e inquebrantable tranquilidad de Elena y sus palabras afiladas como bisturís cortaron las últimas y frágiles ataduras de la cordura de Isabella. Verse humillada y tratada con lástima por la mujer que había tomado su lugar era un golpe insoportable a su frágil ego narcisista. Cegada por una furia completamente animal y desprovista de cualquier razonamiento lógico, Isabella lanzó un grito histérico que resonó por todo el pasillo del hospital. Levantó su pesado y costoso bolso de diseñador lleno de herrajes metálicos por encima de su cabeza, dispuesta a estrellarlo con todas sus fuerzas contra el rostro sereno de la doctora.

Pero Isabella jamás imaginó que Santiago, previendo exactamente una locura de este calibre, había asignado a dos de sus mejores hombres del equipo de seguridad privada, vestidos de civil para pasar desapercibidos, para que protegieran a Elena desde las sombras, las veinticuatro horas del día en el hospital. Antes de que el brazo de Isabella pudiera siquiera comenzar el arco de descenso, una mano fuerte y experta la interceptó en el aire, inmovilizando su muñeca con un agarre firme e implacable. El segundo guardaespaldas se interpuso ágilmente entre ella y Elena, creando un muro infranqueable.

—Señorita, está usted invadiendo propiedad privada y alterando el orden en un centro médico. Va a acompañarnos a la salida de forma pacífica en este mismo instante, o nos veremos en la penosa necesidad de someterla y llamar a la policía por intento de agresión —dijo el guardia con una voz severa y profesional, torciéndole ligeramente el brazo para someterla sin causarle daño.

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Isabella, forcejeando como un animal salvaje atrapado en una jaula, soltando maldiciones y gritos incomprensibles, logró zafarse del agarre de manera desesperada dejando atrás su costoso bolso de cuero en manos del guardia. Aterrada al ver que el personal del hospital y varios curiosos se acercaban alertados por el ruido, corrió despavorida por las escaleras de emergencia, tropezando con sus propios tacones, sabiendo que su emboscada sorpresa había fracasado rotundamente.

Había escapado por los pelos de ser arrestada allí mismo. Al llegar a su coche, temblando y respirando con dificultad, supo que Santiago estaba preparado y varios pasos por delante de ella. Cuando finalmente llegó al lujoso ático para informar a Fernando, este la esperaba con el rostro deformado por la rabia. Fernando ya había sido informado de su estúpido exabrupto por sus propios espías. Le gritó enfurecido, diciéndole que su falta de control e histeria no solo había arruinado el elemento sorpresa, sino que había puesto en grave peligro toda la compleja y secreta operación financiera que él había orquestado. Con una bofetada metafórica, Fernando le dejó muy claro que si volvía a actuar por su cuenta o cometía un error más, él mismo se encargaría de entregarla a la policía en bandeja de plata.

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