Chapter 24 - The Seeds of Vengeance

Mientras Santiago encontraba consuelo y un nuevo propósito en el hospital, el plan de destrucción liderado por Fernando Montenegro e Isabella comenzaba a tomar una forma concreta y aterradora en un lujoso ático blindado en el centro financiero. Fernando había proporcionado a Isabella una cantidad sustancial de dinero para que se reinventara por completo. Atrás quedó la mujer demacrada del motel. Con el cabello teñido de un rubio oscuro muy elegante, un corte radicalmente distinto, lentes de contacto de color claro y un vestuario sobrio y ejecutivo que ocultaba sus curvas, Isabella se había transformado físicamente en "Victoria Rossi", una supuesta e implacable auditora financiera internacional contratada en secreto por Fernando.
Su objetivo principal no era un ataque frontal, sino una demolición silenciosa y sistemática desde los cimientos. Aprovechando que Isabella había vivido meses en la mansión Vargas, ella había memorizado, gracias a su memoria fotográfica y su mente calculadora, los esquemas de seguridad informática, las rutinas de transferencias de los servidores y las debilidades del sistema contable que Santiago utilizaba en su despacho personal.
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—El ala pediátrica del hospital es su nuevo talón de Aquiles —explicó Isabella, señalando unos planos desplegados sobre la mesa de cristal del ático—. Está invirtiendo millones de su propio capital allí. Si logramos infiltrar tu software malicioso en la red de la fundación benéfica, podemos desviar esos fondos hacia cuentas fantasma y hacer que parezca que Santiago está lavando dinero a costa de los niños enfermos. La opinión pública lo crucificará, los inversores huirán aterrados, y su querida madre, Doña Leonor, morirá de la vergüenza al ver el apellido Vargas manchado por corrupción.
Fernando sonrió con malicia, impresionado por la perversidad de la mujer. Llamó a su equipo de hackers, los mejores mercenarios digitales del país, y les entregó las contraseñas base que Isabella había proporcionado. El ataque cibernético comenzó a gestarse silenciosamente en las profundidades de la red. Semanas de cuidadosa planificación estaban a punto de dar sus frutos venenosos. Isabella miró por los inmensos ventanales del ático hacia el horizonte de la ciudad, imaginando el inminente sufrimiento de Santiago, saboreando anticipadamente el caos y la destrucción que estaba a punto de desatar sobre el hombre que se atrevió a expulsarla de su castillo.