Chapter 31 - The Confrontation at the Clinic

La trampa de información falsa sobre las minas de litio funcionó a la perfección y con una rapidez asombrosa. Cegado por la codicia desmedida y su enorme ego, Fernando Montenegro mordió el anzuelo con fuerza, invirtiendo masivamente grandes sumas de capital propio a través de complejas cuentas puente para "comprar" en secreto los activos que creía vulnerables, exponiendo así toda su red ilegal de lavado de dinero a las autoridades federales cibernéticas que Santiago había contactado en secreto. Sin embargo, mientras el cerco legal se cerraba lenta pero inexorablemente en torno al empresario rival, la frágil paciencia de Isabella se agotaba por completo y su mente se volvía cada vez más inestable y peligrosa.
A Isabella ya no le importaba en absoluto el éxito financiero o hundir las empresas de su ex prometido; lo único que consumía su mente podrida y enferma era el deseo visceral de destruir a la persona que había osado ocupar su trono en el corazón de Santiago. Ignorando por completo las órdenes estrictas de Fernando de mantener un perfil bajo, Isabella se dirigió una tarde lluviosa al hospital público, directamente hacia la recién inaugurada ala de la fundación pediátrica, buscando sangre.
Se presentó en la recepción de la clínica, exigiendo ver a la jefa de pediatría bajo su identidad falsa de auditora internacional. Cuando la Dra. Elena Morales salió a su encuentro en uno de los amplios y tranquilos pasillos del hospital, Isabella no pudo mantener su farsa por más tiempo. Se quitó las enormes y oscuras gafas de sol con un movimiento teatral, revelando sus ojos inyectados en odio y resentimiento puro.
—Tú debes ser la famosa e incorruptible doctora de la que tanto se habla en los círculos de mi querido ex prometido —escupió Isabella, con la voz cargada de un veneno amargo, acercándose peligrosamente a Elena, invadiendo su espacio personal—. Disfruta tu momento de gloria, mujercita humilde, porque Santiago es un hombre que se aburre muy rápido de los juguetes rotos. Solo te está usando para lavar su sucia imagen pública frente a la prensa después del escándalo que yo le causé. No eres más que su nueva y patética obra de caridad.
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Elena, lejos de sentirse intimidada o retroceder ante la agresividad de la intrusa, mantuvo una postura firme y una calma profesional y serena que enfureció aún más a su atacante. La doctora cruzó los brazos sobre su bata blanca y la miró con una mezcla de firmeza, autoridad médica y un ligero, casi imperceptible toque de genuina lástima.
—Tú debes ser Isabella, la famosa mujer de la almohada imaginaria —respondió Elena con una voz clara, suave y letalmente tranquila que resonó en el pasillo—. Entiendo tu profundo dolor y tu amargura; debe ser terriblemente agotador y triste tener que fingir constantemente ser alguien que no eres para sentir que vales algo en esta vida. Pero te estás equivocando de campo de batalla, Isabella. Este es un hospital para sanar vidas, no un teatro para tus berrinches de niña rica y malcriada. Te sugiero amablemente que des media vuelta y te vayas por donde viniste antes de que llame a seguridad para que te escolten fuera del edificio.