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Chapter 28 - Sofia’s Intuition

Mientras el mundo corporativo de Santiago se desmoronaba en la ciudad, la inmensa mansión de la familia Vargas parecía, en apariencia, un remanso de paz aislado del caos. Sofía, que ahora tenía siete años, correteaba felizmente por los inmensos y coloridos jardines traseros, persiguiendo a la nueva mascota de la casa, un juguetón cachorro de labrador. Su madre, Carmen, ahora la respetada jefa de llaves de la propiedad, organizaba el trabajo del personal de jardinería a pocos metros de distancia.

El cachorro se alejó traviesamente hacia los frondosos y oscuros setos que bordeaban las altas rejas de hierro forjado de la entrada de servicio de la mansión, la misma zona por la que entraban los proveedores. Sofía corrió tras él, riendo, pero al llegar a la verja, sus pasos se detuvieron en seco y su risa se apagó de inmediato. Al otro lado de la reja, semioculta bajo la sombra de un enorme roble, una mujer permanecía de pie, completamente inmóvil, observando fijamente hacia la casa. Llevaba el cabello rubio oscuro, grandes gafas de sol y una actitud sumamente sospechosa, como si estuviera estudiando el terreno y calculando los tiempos de ronda de los guardias de seguridad de la entrada.

A pesar del rotundo cambio de color de cabello y la ropa ejecutiva y sobria que llevaba, los niños poseen un instinto y una memoria emocional sorprendentemente agudos. La mujer hizo un pequeño e involuntario gesto de desprecio con la boca al ver a la niña, un gesto de rabia reprimida que Sofía reconoció al instante en lo más profundo de su ser. Un escalofrío helado le recorrió la pequeña espalda. Sofía dejó caer la pelota del perro, retrocedió lentamente un par de pasos sin apartar los ojos de la extraña y luego corrió desesperada, con el corazón latiendo a mil por hora, hacia donde estaba su madre.

—¡Mami, mamá! —gritó Sofía, tirando frenéticamente del delantal de Carmen—. ¡Ahí afuera, en la reja grande! ¡Es la señora mala de la boda! ¡La que se ponía la almohada en la barriga!

Carmen, asustada por el tono de pánico puro en la voz de su hija, se agachó rápidamente a su altura.

—Sofía, mi amor, tranquilízate. Esa mujer mala nunca más volverá a esta casa, el señor Santiago la echó muy lejos de aquí. Debes haber visto a alguna persona que pasaba por la calle, mi niña.

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—¡No, mami, te lo juro que es ella! —insistió Sofía, con lágrimas asomando en sus grandes ojos asustados—. Sus ojos y su boca mala son iguales. ¡Nos estaba mirando feo!

Conociendo la inteligencia de su hija y recordando que gracias a ella se salvó el destino del patrón, Carmen no ignoró la advertencia. Tomó a Sofía de la mano y caminó a paso rápido y decidido hacia la garita de seguridad principal para informar de inmediato a los guardias armados sobre la misteriosa y aterradora presencia en el perímetro de la propiedad.

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