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Chapter 21 - The Bitter Taste of Defeat

El sonido constante y monótono de las gotas de lluvia golpeando contra el cristal roto de la ventana era lo único que acompañaba a Isabella en su nueva y miserable realidad. Atrás habían quedado los inmensos candelabros de cristal de Murano, las sábanas de seda egipcia y los sirvientes dispuestos a cumplir el más mínimo de sus caprichos. Ahora, se encontraba sentada en el borde de una cama hundida, en una lúgubre y lúbrica habitación de un motel de carretera a las afueras de la ciudad. El olor a humedad, tabaco rancio y desinfectante barato impregnaba cada rincón del pequeño espacio, provocándole constantes náuseas que esta vez no eran fingidas. Colgado en la puerta del baño, como un fantasma burlón de su pasado, permanecía el costoso vestido de novia de alta costura, rasgado, sucio y manchado, un recordatorio perpetuo de la noche en que su vida perfecta se desmoronó por completo.

Isabella miró sus manos; sus uñas, antes perfectamente manicuradas en los salones más exclusivos, ahora lucían astilladas y sin esmalte. La cuenta bancaria que había logrado ocultar se estaba agotando con una rapidez alarmante, y las puertas de la alta sociedad, a las que tanto le había costado acceder, se habían cerrado de golpe con un candado de hierro. Había sido repudiada, bloqueada y borrada de la existencia de la familia Vargas. Su rostro, antes codiciado por las revistas de sociedad, ahora era sinónimo de fraude y burla nacional.

Sin embargo, en lugar de sentir arrepentimiento o culpa por el monstruoso engaño que había perpetrado contra Santiago, el corazón de Isabella se llenaba cada día de un veneno más oscuro y espeso. El odio corría por sus venas como ácido hirviente. Odiaba a Doña Leonor por su altivez, odiaba a Santiago por haberla desechado sin compasión, pero, por encima de todo, odiaba con una furia incontrolable a esa pequeña y entrometida niña. Sofía. Ese nombre resonaba en su cabeza como una maldición. La hija de una simple sirvienta le había arrebatado un imperio de miles de millones. Mientras observaba su reflejo demacrado en el espejo agrietado del baño, Isabella hizo un juramento silencioso pero inquebrantable. No iba a desaparecer en las sombras como una perdedora. Iba a recuperar lo que consideraba suyo, y se aseguraría de que Santiago y todos los que la humillaron pagaran con sangre y lágrimas. La venganza acababa de comenzar.

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