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Chapter 29 - Fuego en la arena

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El sol comenzó a ocultarse lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo sobre el océano de intensos tonos anaranjados y púrpuras. La brisa marina se volvió más fría, levantando pequeñas ráfagas de arena en la playa.

Noah bajó las escaleras de madera del porche, llevando consigo la bomba manual para el balón de Eli y, escondido cuidadosamente en el bolsillo de su sudadera, el sobre marrón enviado desde la prisión federal.

Encontró a su hermano pequeño cerca de la orilla, intentando dar toques con el balón medio desinflado sin mucho éxito.

—Aquí tienes el aire, enano —dijo Noah, lanzándole la pequeña bomba manual de plástico—. Pero primero, ayúdame a recoger un poco de madera seca de la orilla. Mamá dijo que hoy haríamos una pequeña fogata en la playa para asar malvaviscos después de cenar.

A Eli se le iluminó el rostro con la idea. Dejó el balón a un lado y corrió a buscar ramas secas arrastradas por la marea, mientras Noah preparaba un pequeño círculo con piedras lisas para contener el fuego de forma segura.

Unos minutos después, lograron encender una modesta pero cálida fogata. Las llamas crujían alegremente, consumiendo la madera vieja y emitiendo un resplandor reconfortante en medio de la luz menguante del atardecer.

Eli se sentó en la arena, calentándose las manos, y miró a su hermano mayor.

—Noah, estás muy callado. ¿Pasa algo malo? ¿El libro de astrofísica era muy aburrido?

Noah esbozó una pequeña sonrisa y sacó lentamente el sobre marrón de su bolsillo. A la luz parpadeante del fuego, el sello del centro penitenciario parecía aún más oscuro y amenazador.

Eli reconoció la letra de inmediato. Sus ojos se abrieron de par en par, y un rastro de aprensión cruzó su rostro infantil.

—¿Es de papá? —preguntó Eli, con la voz apenas por encima de un susurro tembloroso—. ¿Qué dice? ¿Por qué nos escribe ahora?

—No lo sé, Eli. Y no pienso averiguarlo —respondió Noah con una firmeza que sorprendió incluso a su propio hermano.

—¿No vas a abrirla? Tal vez pide perdón de verdad esta vez.

Noah miró fijamente las llamas que danzaban frente a él, sintiendo el calor en el rostro. Recordó la fría biblioteca de la mansión, las cajas de mudanza, y la cruel arrogancia en los ojos de Grant cuando les dijo que ya no eran su responsabilidad. Recordó las lágrimas de su madre en silencio.

—El perdón no se envía por correo certificado desde una celda porque te sientes solo y derrotado, Eli. El perdón se gana con acciones, y él destruyó todas sus oportunidades cuando era un hombre libre. Leer esto solo nos traería de vuelta a la oscuridad que nos costó tanto dejar atrás.

Sin dudarlo ni un segundo más, Noah extendió el brazo y arrojó el sobre cerrado directamente al centro de la fogata.

Eli observó, fascinado y aliviado al mismo tiempo, cómo el papel barato se enroscaba rápidamente, ennegreciéndose y estallando en una pequeña llamarada brillante antes de convertirse en frágiles cenizas grises que el viento marino se llevó hacia la inmensidad del océano.

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—¿Estás bien? —preguntó Eli, buscando la confirmación en los ojos de su hermano mayor.

—Mejor que nunca —respondió Noah, sintiendo que una pesada cadena invisible se rompía definitivamente—. Anda, infla el balón. Tenemos un partido pendiente antes de cenar.

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