Chapter 13 - Cero por ciento

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Grant levantó la cabeza lentamente de la hoja de papel. Sus ojos, antes llenos de orgullo ciego, ahora irradiaban una furia homicida. Miró a Celeste como si acabara de ver un fantasma demoníaco.
—El informe dice, categóricamente, que estoy excluido genéticamente como el padre biológico de este niño.
La voz de Grant resonó por los altavoces, llevando el escándalo a cada rincón del jardín y el salón. Los camareros dejaron de servir. Los periodistas sacaron discretamente sus teléfonos móviles.
—Puedo explicarlo, Grant. Te juro que puedo explicarlo —balbuceó Celeste, con lágrimas reales de terror asomando a sus ojos.
—Entonces hazlo. Explícalo ahora mismo.
—Por favor, Grant, no aquí. No delante de toda esta gente. Vamos a tu despacho.
—¡No! —gritó él, golpeando la mesa con el puño cerrado, haciendo volcar su copa de champán—. Tú exigiste esta prueba. Tú me manipulaste diciendo que era para proteger al bebé de los malvados hijos de Evelyn.
—Porque Evelyn podía intentar quitarnos el dinero, yo solo quería…
—¡No te atrevas a pronunciar su nombre! —rugió Grant.
Con movimientos bruscos, bajó los pocos escalones del escenario y se acercó a Celeste. No levantó la mano ni la tocó, pero la pura furia contenida y la violencia reprimida en su lenguaje corporal hicieron que varios invitados, asustados, retrocedieran un par de metros, dejando a la pareja en un círculo vacío.
—Mírame a los ojos —ordenó Grant con voz gutural— y ten el valor de decirme que este informe científico miente. Dime que es un error.
Celeste tragó saliva y levantó los ojos. Durante un microsegundo, acorralada, consiguió sostenerle la mirada en un intento patético de mantener la mentira.
Pero entonces su máscara se quebró. Y en ese instante de terror puro y animal, cometió el error más fatal de su vida.
Celeste desvió la mirada, rápida y angustiada, hacia la esquina donde se encontraba Julian.
Fue un gesto brevísimo. Instintivo. Involuntario. Una petición silenciosa de auxilio hacia su cómplice.
Pero Grant lo vio. Conocía cada microexpresión de aquella mujer.
Y lo que es peor, también lo vio el resto del salón, que seguía el drama como si fuera una obra de teatro. Doscientos pares de ojos se giraron al unísono hacia el hermano del CEO.
Julian Mercer palideció, ocultó instintivamente una mano sobre su pesado anillo familiar de oro y dio un paso atrás, chocando torpemente contra un camarero.
Grant giró lentamente la cabeza, siguiendo la línea de visión de Celeste, hasta fijar sus ojos inyectados en sangre en su propio hermano.
—¿Por qué…? —susurró Grant, la voz quebrándose—. ¿Por qué le has mirado a él?
—No lo he hecho, te lo juro, solo miraba a la puerta —mintió Celeste, sollozando.
—Todos en esta maldita sala te hemos visto, Celeste.
Julian levantó ambas manos, en un gesto de rendición apaciguadora, avanzando un paso con las piernas temblorosas.
—Grant, por el amor de Dios, escúchame. Estás alterado. No llegues a conclusiones precipitadas en medio de una fiesta.
—¿Conclusiones? —siseó Grant, avanzando como un depredador hacia su hermano menor—. Has administrado todas sus cuentas bancarias personales. Has pagado todas sus visitas a médicos y ecografías con tarjetas de la empresa. Has sido tú quien ha organizado personalmente cada coma de este maldito fideicomiso blindado.
—Lo hice porque tú me lo ordenaste, como tu director de operaciones. Solo cumplía órdenes.
Grant se detuvo a un metro de Julian, respirando pesadamente.
—Dímelo a la cara, Julian. ¿Es tuyo ese bebé?
Julian miró a Celeste con desesperación. Ese segundo de silencio absoluto, esa falta de negación inmediata y categórica, bastó para destruir cualquier coartada que pudiera haber intentado ofrecer.
Grant soltó una risa rota, amarga, carente de cualquier atisbo de humor.
—Mi propio hermano… Mi propia sangre.
—El informe del laboratorio no me identifica, Grant —se defendió Julian, su voz perdiendo toda autoridad—. No dice mi nombre en ningún lado.
La frase, destinada a ser una defensa legalista, cayó sobre el silencioso salón como la confesión más imperfecta y condenatoria posible.
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Grant lo miró con pura y absoluta incredulidad.
—No has dicho que no, Julian. No has dicho que no.