Chapter 23 - Ecos de Europa

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Dos semanas después de la drástica y mediática reestructuración de la junta directiva, la paz que Evelyn había comenzado a instaurar en las oficinas centrales se vio repentinamente amenazada. Estaba en su despacho, revisando los últimos datos clínicos de un nuevo algoritmo de detección temprana de enfermedades autoinmunes, cuando Helena Ward entró sin llamar. La abogada traía el rostro tenso y un documento legal sellado con cera roja, algo poco común en el mundo corporativo moderno.
—Tenemos un problema internacional, Evelyn —anunció Helena, cerrando la puerta a sus espaldas para asegurar la privacidad.
—Pensé que habíamos liquidado todas las cuentas fantasma de Julian en Zúrich y devuelto los fondos robados a la tesorería —respondió Evelyn, quitándose las gafas de lectura y frotándose el puente de la nariz con cansancio.
—El problema no es directamente Julian. Es su tía. Margaret Hale ha hecho su movimiento.
Evelyn sintió una punzada de irritación en el estómago. Sabía que la detención de Adrian Hale, el primo ambicioso que había intentado cruzar la frontera suiza, no quedaría sin respuesta por parte de la matriarca exiliada. Margaret era una mujer rencorosa, millonaria y extremadamente peligrosa cuando se trataba de proteger a su linaje.
—¿Qué quiere Margaret ahora? ¿Venganza porque su hijo está en una celda esperando el juicio por fraude?
Helena dejó el grueso documento sobre el escritorio de cristal de Evelyn.
—Ha presentado una demanda formal en un tribunal internacional en La Haya, respaldada por un gigantesco consorcio de abogados europeos. Alega que las acciones originales que ella poseía hace doce años le fueron arrebatadas de forma ilegal por Grant mediante coacción.
—Eso fue hace más de una década. El caso prescribió.
—Margaret argumenta que, dado que se ha demostrado en un tribunal federal que Grant Mercer era un estafador que falsificó firmas desde el primer día de constitución de la compañía, incluyendo tu propia firma de fundadora, todos los acuerdos accionresariales posteriores, incluida su propia salida forzosa, son nulos de pleno derecho.
Evelyn hojeó rápidamente las intrincadas páginas del documento legal, asimilando la magnitud del ataque.
—Si un juez internacional le da la razón, podría reclamar retroactivamente un treinta por ciento del capital actual de Mercer Biotech —murmuró Evelyn, calculando mentalmente el desastre financiero—. Eso le daría suficiente poder de voto para bloquear mis decisiones e intentar una toma de control hostil desde Europa.
—Exactamente. Quiere usar la propia caída de Grant, que tú misma provocaste, para apoderarse de la empresa que su sobrino le robó en el pasado. Es una jugada parasitaria, pero legalmente brillante.
Evelyn se levantó de su silla ergonómica y caminó hacia el ventanal, observando el tráfico de la ciudad bajo la llovizna. No había luchado contra el infierno de su divorcio y la traición de su marido para entregarle el fruto de su trabajo a otra rama del podrido árbol de los Mercer.
—Dile a nuestro equipo de litigación que prepare una defensa agresiva, Helena. No vamos a ceder ni un solo milímetro.
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—Costará millones en honorarios legales, Evelyn. Será una guerra larga y sucia.
—No me importa el dinero. He recuperado mi empresa y mi nombre, y ninguna sombra del pasado va a venir desde Europa para quitármelo otra vez. Vamos a destruir el caso de Margaret Hale antes de que siquiera llegue a una audiencia preliminar. Que empiece la guerra.