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Chapter 16 - El imperio derrocado

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Grant, acorralado, intentó una última jugada desesperada. Señaló con furia a su hermano menor, que seguía petrificado cerca de la terraza.

—¡Él lo hizo! ¡Él fue quien movió todo el dinero! Yo le confié las finanzas y él creó esas empresas fantasma a mis espaldas.

—Parte de él, sí —dijo Evelyn, sin levantar la voz, pero asegurándose de que el consejo la escuchara—. Julian ejecutó el mecanismo de fraude, pero tú, Grant, autorizaste de tu puño y letra los pagos exorbitantes para el apartamento y las cuentas médicas de Celeste. Tú mentiste abierta y reiteradamente al consejo, y tú tomaste la decisión de ocultar activos millonarios durante el proceso de divorcio.

—¡Julian utilizó mis credenciales del sistema! ¡Me robó mi firma digital!

—Por eso mismo —intervino el presidente del consejo con voz de trueno—, Julian Mercer también está suspendido de empleo y sueldo a partir de este preciso instante, en espera de una investigación policial.

Ante una señal del presidente, tres hombres corpulentos del equipo de seguridad privada del edificio se acercaron a Julian, rodeándolo para evitar que intentara abandonar la mansión. Julian no opuso resistencia; simplemente dejó caer la cabeza, hundido.

Al ver que la seguridad también se movilizaba, Celeste retrocedió tambaleándose, tropezando con los bajos de su costoso vestido.

—Grant... tienes que creerme, yo no sabía nada de los desfalcos de la empresa. Julian me prometió que todo el dinero era legal, que era tuyo.

Evelyn, implacable, sacó un documento más de su infinita carpeta azul.

—Tu firma, Celeste, tu firma legal, aparece como beneficiaria principal en cuatro de esas cuentas en paraísos fiscales. No puedes alegar ignorancia.

—¡Julian me pidió que firmara esos papeles! Me dijo que era para abrir cuentas de ahorro seguras para el bebé.

—¿Y en ningún momento te pareció extraño que, de la noche a la mañana, recibieras millones de euros en el extranjero sin hacer ninguna pregunta? —inquirió Evelyn, alzando una ceja.

Celeste miró a su alrededor, mirando hacia las puertas, hacia la escalera, hacia las ventanas. Por primera vez en la noche, comprendió con terror físico que no existía ninguna salida en la sala que no atravesara a docenas de testigos hostiles y agentes de seguridad. Estaba atrapada.

Grant, sosteniendo aún el arrugado informe de ADN en la mano, miró al abogado de la familia con los ojos inyectados en sangre.

—Dímelo de una vez, Arthur. ¿Es mi hermano el verdadero padre de esta criatura?

El abogado familiar suspiró, agotado, y negó lentamente con la cabeza.

—El informe es preliminar, Grant. Solo lo excluye a usted de forma categórica como padre. Detecta marcadores genéticos que indican una posible y muy estrecha relación familiar, de ahí el grado de consanguinidad detectado, pero no identifica positivamente al individuo.

Grant volvió su mirada hacia su hermano, que estaba siendo escoltado por los guardias.

—¿Posible? —repitió Grant, como un disco rayado.

Julian, dándose cuenta de que ya no tenía absolutamente nada que perder, recuperó un ápice de su antigua firmeza.

—Te lo he dicho desde el principio, Grant. No puedes demostrar que fui yo. No tienes pruebas concluyentes de mi paternidad.

Celeste cerró los ojos y dejó escapar un sollozo ahogado. Evelyn observó su reacción de cerca. No era el alivio de una mujer cuya inocencia ha sido probada. Era el miedo paralizante de alguien que oculta un secreto aún más grande. La mirada que Celeste le había lanzado a Julian no había sido necesariamente una confesión de amantes furtivos. Tal vez, pensó Evelyn, había sido una llamada de auxilio entre conspiradores.

El presidente del comité se acercó a Grant, extendiendo la mano con frialdad.

—Señor Mercer. Entregue inmediatamente su tarjeta de acceso al edificio corporativo y todos los dispositivos electrónicos propiedad de la empresa.

—¡No podéis hacerme esto! ¡Esta es mi compañía! ¡Yo construí Mercer Biotech! —rugió Grant, resistiéndose a entregar las cosas.

Evelyn respondió antes que nadie, su voz cortando los delirios de grandeza de su exmarido.

—No, Grant. Fue nuestra idea. Mía y tuya. Y después de eso, se convirtió en el trabajo y la responsabilidad de miles de empleados talentosos que sí madrugaban cada día. Nunca fue tu juguete personal para financiar tus infidelidades.

Grant la miró con una mezcla enfermiza de odio visceral y desesperación absoluta.

—Lo planeaste todo desde el principio. Te hiciste la víctima ofendida para destruirme.

—Yo no planeé que abandonaras a tus propios hijos. Tú escribiste este guion, Grant.

—Los utilizaste. Utilizaste a un niño de catorce años para grabarme como una espía.

La expresión de Evelyn cambió, endureciéndose como el acero templado.

—Noah tuvo el instinto de guardar la llamada después de tener que oír a su propio padre decir, en voz alta y riéndose, que ni él ni su hermano eran ya su responsabilidad. Yo no lo convertí en un testigo de tu crueldad, Grant. Lo hiciste tú mismo.

Grant bajó la vista hacia el suelo de mármol. Por primera vez en toda la noche, la armadura de narcisismo se agrietó y pareció recordar que sus hijos, los seres humanos que llevaban su sangre, existían.

—¿Dónde están? —preguntó, con un hilo de voz derrotado.

—A salvo. Lejos de ti.

—Quiero verlos. Ahora mismo.

—No.

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—Soy su padre, Evelyn. Tengo derechos.

—Ayer mismo, en esta misma habitación, me dejaste muy claro que decías exactamente lo contrario. Has perdido el derecho a llamarte su padre.

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