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Chapter 10 - La fotografía del heredero

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Aquella misma tarde, tras horas de inmersión en los documentos del fraude, el teléfono privado de Evelyn sonó. Era Noah, llamando desde la habitación contigua del hotel.

—Mamá, ven rápido. Eli no quiere salir de la habitación. Lleva encerrado en el baño llorando más de una hora.

El agotamiento desapareció del cuerpo de Evelyn de inmediato. Corrió a la habitación de sus hijos, encontrando a Noah con expresión angustiada.

—¿Qué ha pasado? Estábamos bien en el desayuno.

—Ha visto una foto en el iPad —explicó Noah, apretando los puños—. El estúpido departamento de relaciones públicas de papá.

Evelyn entró en la habitación. Eli estaba acurrucado en el gran sofá junto a la ventana, abrazando con fuerza el pequeño telescopio que había logrado rescatar de una de las cajas de mudanza en el vestíbulo. Sus ojos estaban rojos e hinchados.

Evelyn tomó la tablet de la cama. Grant había publicado un pomposo anuncio a doble página en una revista de negocios locales, promocionando la gala benéfica que celebraría esa misma noche en la mansión. Bajo una glamurosa fotografía de estudio en la que Grant posaba sonriente, abrazando protectoramente el abultado vientre de Celeste, aparecía un titular en negrita: “El legado Mercer continúa: Una nueva era”.

Eli levantó la mirada hacia su madre, con el rostro bañado en lágrimas.

—¿Nosotros ya no somos su legado? —preguntó el niño, con la voz rota—. ¿Por eso nos echó para hacerle sitio al bebé nuevo?

El dolor en la voz de su hijo fue como un cuchillo directo al corazón de Evelyn. Se sentó a su lado y lo atrajo hacia un abrazo protector, acariciando su cabello con ternura infinita.

—Escúchame muy bien, Eli. Mírame a los ojos. No permitas jamás que una fotografía de revista pagada te diga quién eres o cuánto vales. Tú y tu hermano sois lo más valioso de este mundo.

—Pero papá lo ha dicho también en la llamada. Dijo que ya no éramos su responsabilidad. Ya no nos quiere.

—Tu padre es un hombre muy enfermo, Eli. Está intentando convencerse a sí mismo de algo que es mentira.

—¿De qué?

Evelyn tardó unos segundos en responder, buscando las palabras exactas que no destruyeran por completo la figura paterna, pero que a la vez dijeran la verdad.

—De que al echarnos, no ha perdido nada importante. Está intentando fingir que su vida es perfecta con juguetes nuevos y fotos bonitas.

Eli apoyó la cabeza en el hombro de su madre, aferrándose al telescopio.

—Pero nos ha perdido a nosotros. Somos su familia de verdad.

—Sí, cariño. Os ha perdido. Para siempre.

Fue la primera vez que Evelyn lo dijo en voz alta con tanta rotundidad, y al pronunciarlo, sintió que una pesada cadena se rompía en su interior. Ya no había vuelta atrás ni esperanzas de reconciliación paterna.

Noah permanecía de pie junto a la puerta, observando la escena con una madurez prematura que Evelyn lamentaba profundamente haber causado.

—¿Vas a detenerlo, mamá? —preguntó el adolescente—. ¿Vas a usar lo que encontramos?

—Sí, Noah. Voy a detenerlo. A él y a cualquiera que os haya hecho daño.

—¿Cuándo? —exigió saber el chico, impaciente por ver caer al hombre que había destrozado su hogar.

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Evelyn miró a sus dos hijos, los verdaderos dueños de su amor y su lealtad, y supo que la hora había llegado.

—Esta noche. En su gran gala. Lo haré cuando haya tanta gente mirándolo que no pueda utilizaros a vosotros, ni a sus mentiras, para escapar.

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