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Chapter 2 - La dueña de la casa

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Grant tomó las llaves de la mansión que Evelyn había dejado sobre la mesa antes de que la tinta de su firma terminara de secarse por completo. El gesto fue rápido, casi ansioso, como si temiera que ella cambiara de opinión en el último segundo.

—Por fin —dijo él, soltando un suspiro de alivio que resonó cruelmente en la biblioteca—. Ya era hora de acabar con este teatro.

Evelyn no respondió a la provocación. Con movimientos pausados y deliberados, se quitó la alianza de diamantes que la había acompañado durante más de una década y media, y la dejó junto al bolígrafo sobre la madera pulida. El ligero sonido del metal contra la mesa fue el verdadero punto final de su historia.

—Noah y Eli necesitan hasta el domingo para recoger todas sus cosas —dijo Evelyn, manteniendo el tono estrictamente profesional—. Tienen proyectos del colegio a medias y no quiero alterar más su rutina.

Grant arqueó una ceja, guardando las llaves en el bolsillo interior de su costosa chaqueta de diseño.

—Se marchan hoy. Esta misma mañana.

—El acuerdo me concede setenta y dos horas para desalojar la propiedad —rebatió Evelyn, sintiendo que la ira comenzaba a burbujear en su estómago.

—El acuerdo te las concede a ti, Evelyn. No a ellos. Tú puedes quedarte a empaquetar si quieres, pero los niños se van.

Evelyn tardó unos agónicos segundos en comprender la magnitud de la frialdad de sus palabras. Lo miró como si fuera un completo extraño, un monstruo que había suplantado al hombre del que se había enamorado.

—Son tus hijos, Grant. Es su casa.

—Mis hijos ya no son mi responsabilidad. Al menos no en este momento.

Las palabras no fueron pronunciadas con rabia, ni con resentimiento. Eso las hizo infinitamente peores. Grant habló con la serenidad clínica de un hombre de negocios que acababa de cancelar un contrato poco rentable y miraba hacia su próxima inversión.

Detrás de Evelyn, se escuchó un leve jadeo. Noah había dejado de respirar. El chico de catorce años estaba de pie en el umbral de la puerta, sosteniendo el asa de una pesada maleta que algún empleado había bajado de su habitación sin consultarle. A su lado, el pequeño Eli abrazaba su mochila escolar contra el pecho, con los ojos muy abiertos y llenos de lágrimas contenidas.

—Papá… —murmuró Eli, con un hilo de voz que habría roto el corazón de cualquier persona con un mínimo de humanidad.

Pero Grant no lo miró. Mantuvo la vista fija en Evelyn.

—Vuestra madre recibirá suficiente dinero para cuidaros. No os faltará de nada material.

—No te he preguntado por el dinero —intervino Noah. La voz del adolescente sonó extrañamente adulta, cargada de un desprecio que Evelyn nunca le había escuchado antes.

En ese momento, se oyó el roce de una tela de seda sobre la escalera de mármol del vestíbulo. Los tacones resonaron con autoridad. Celeste Vaughn apareció en el umbral de la biblioteca. Llevaba un ceñido vestido verde oscuro que resaltaba su evidente embarazo, con una mano apoyada protectoramente sobre su vientre. No parecía una visita incómoda. Caminaba por la mansión con la seguridad arrogante de alguien que ya había elegido las nuevas cortinas y dispuesto la redecoración.

—¿Ya ha terminado el trámite? —preguntó Celeste, ignorando por completo a los niños.

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Grant se acercó a ella y le besó la mejilla.

—Todo firmado, querida. La casa es nuestra.

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