Chapter 9

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Al escuchar la palabra "cámaras" salir de los labios de su marido con tanta seguridad, Valeria sintió que su corazón, literalmente, se detenía en su pecho por un instante aterrador. Había olvidado por completo y de manera estúpida aquel moderno sistema de seguridad que Roberto había insistido enfáticamente en instalar en el techo de la sala principal y en los largos pasillos cuando nació Leo, precisamente para tener tranquilidad cuando ellos asistían a eventos sociales. Las rodillas le temblaron con tanta violencia que tuvo que apoyarse desesperadamente en el respaldo del sofá de cuero blanco para evitar caer desplomada sobre el mármol. El vibrante color carmesí de su elegante blusa de satén parecía ahora el color exacto de su propia perdición inminente. Estaba acorralada, sin vías de escape.
—Tú... tú no te atreverías a usar algo así en mi contra, es ilegal... —tartamudeó Valeria, intentando buscar desesperadamente una pizca de la compasión inagotable que Roberto siempre le había mostrado en el pasado, pero estrellándose únicamente contra un muro de acero inquebrantable.
—Usaré absolutamente cualquier cosa que sea legal y necesaria para proteger a mi hijo de ti y de tu veneno —afirmó Roberto, acomodando suavemente la manta sobre Leo, que seguía durmiendo plácidamente, ajeno a la destrucción de su familia—. Y hay algo más importante que deberías saber con urgencia antes de irte de esta casa, Valeria, ya que te preocupa tanto el aspecto financiero de nuestra ruptura y tienes la audacia de considerarme un simple "pobretón".
Roberto caminó con pasos medidos hacia donde había dejado su maletín de cuero negro, abrió uno de los compartimentos interiores con un código de seguridad, y sacó un sobre grueso, pesado y sellado, arrojándolo sin contemplaciones sobre la fría mesa de centro de cristal.
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—¿Qué se supone que es eso? —preguntó ella, mirando el grueso sobre de papel manila con una mezcla de profunda desconfianza y una curiosidad que la carcomía por dentro.
—Son los documentos legales firmados y notariados de la reciente fusión corporativa de mi empresa —explicó él, con voz serena y carente de alarde—. Esa "oficinita de quinta" en la que crees firmemente que paso el tiempo trabajando, acaba de ser absorbida esta misma mañana por un enorme conglomerado internacional con sede en Europa. Y yo soy el socio mayoritario de la nueva junta directiva. Mi patrimonio personal, Valeria, se acaba de multiplicar por diez. Quería darte la inmensa sorpresa esta noche, durante la cena especial que había planeado. Quería celebrar contigo que nuestro futuro y el de Leo estaba completa y absolutamente asegurado, a un nivel de riqueza que ni siquiera podías empezar a imaginar en tus sueños más ambiciosos. Pero ahora me alegro inmensamente de haber llegado antes a casa. Me alegro de haber visto tu verdadera y repulsiva cara antes de compartir los frutos de mi éxito con una mujer que en el fondo me desprecia profundamente.