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Chapter 7

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El silencio en la inmensa sala de estar se volvió pesado y asfixiante, cortando la respiración y dejando solo el sonido de la respiración agitada y superficial de Valeria. Roberto mecía suavemente a Leo, caminando de un lado a otro en un área pequeña, hasta que el bebé finalmente se quedó profundamente dormido en su hombro, agotado por el estrés de los gritos anteriores. El rostro del esposo, antes lleno de un amor incondicional y ciego, ahora era una máscara de absoluta determinación y una decepción irrevocable que helaba el ambiente. Valeria, dándose cuenta con horror de que sus manipulaciones habituales y sus lágrimas de cocodrilo no estaban funcionando en absoluto, empezó a sentir un terror real y palpable. La cómoda y lujosa vida que conocía y daba por sentada estaba al borde de un abismo insalvable.

—Roberto, no puedes hacer esto, no puedes tirarlo todo por la borda por una estupidez momentánea —insistió ella, alzando un poco la voz, perdiendo el control de nuevo ante la impotencia—. ¡Soy tu esposa legítima! ¡La madre biológica de tu hijo! ¡No vas a destruir nuestra hermosa familia por defender a una simple niñera que no es nadie!

—Tú destruiste esta familia tú sola en el preciso momento en que decidiste que tu arrogancia valía más que el respeto humano básico —respondió Roberto, con una frialdad que helaba la sangre en las venas—. Y no lo hago solo por la niñera, aunque ella merece cien veces más respeto del que tú jamás tendrás. Lo hago por mi propia dignidad. Y sobre todo, lo hago por mi hijo. No voy a permitir, bajo ninguna circunstancia, que Leo crezca viendo a su madre tratar a los demás seres humanos como si fueran basura desechable.

Valeria apretó los puños a los costados de su cuerpo. Su blusa de satén rojo crujió con el movimiento brusco y defensivo.

—¿Y qué vas a hacer exactamente, eh? —lanzó ella, con una mezcla de desafío venenoso y un miedo innegable brillando en sus ojos—. ¿Me vas a dejar en la calle? ¿Vas a abandonar cobardemente a tu esposa?

—Quiero que subas a la habitación principal ahora mismo —ordenó Roberto, sin alterar su tono bajo, pausado y dolorosamente firme—. Quiero que tomes una maleta grande y empaques la ropa y los artículos personales que necesites para los próximos días. Te vas a ir de esta casa esta misma noche, Valeria.

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—¡Estás completamente loco! —gritó Valeria, dando un fuerte pisotón contra el suelo de mármol con sus altísimos tacones de aguja—. ¡Esta también es mi casa legalmente! ¡No me puedes echar así como así, no tienes el derecho!

—Veremos exactamente qué dice el juez de familia sobre eso. Sube y empaca de una vez, Valeria. O te juro que llamaré a la seguridad privada de la urbanización para que te escolten hacia la puerta exterior con lo puesto. Tú decides cómo quieres terminar esta noche.

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