Chapter 8

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La amenaza de Roberto cayó como un enorme balde de agua helada y sucia sobre la cabeza de Valeria. Ella sabía perfectamente que él era un hombre tranquilo, pacífico y extremadamente paciente por naturaleza, pero también sabía, en el fondo de su ser, que cuando tomaba una decisión fundamental, nada ni nadie en el mundo podía hacerlo retroceder un milímetro. Sin embargo, su ego desmesurado era demasiado grande y frágil para aceptar una derrota humillante sin presentar una batalla campal llena de estridencias. Con el rostro desfigurado por una mezcla de rabia venenosa y una indignación completamente fingida, Valeria se cruzó de brazos fuertemente, plantando sus pies en el mármol y negándose a moverse un solo centímetro en dirección a las escaleras.
—No me voy a ir a ninguna parte, Roberto, métetelo en la cabeza —declaró Valeria, alzando el mentón con una actitud desafiante y altanera, aunque sus pupilas dilatadas traicionaban el pánico absoluto que sentía fluyendo por sus venas—. Si realmente quieres que me vaya de mi propia mansión, tendrás que arrastrarme tú mismo por el suelo. Y te aseguro, te juro Roberto, que si me obligas a irme por la fuerza esta noche, te quitaré absolutamente todo lo que tienes en el juicio de divorcio. Te dejaré en la calle rogando por limosna, te dejaré sin poder ver a tu preciado hijo nunca más, te dejaré peor que a ese "pobretón" del que hablaba hace un momento. Te voy a hundir en la miseria absoluta.
Roberto la observó en silencio durante un largo y agónico minuto, sintiendo una mezcla nauseabunda de lástima profunda y un asco visceral. ¿Cómo había sido capaz de estar casado con un monstruo tan calculador y despiadado durante cuatro años sin darse cuenta de las señales evidentes?
—Adelante —dijo Roberto finalmente, esbozando una sonrisa amarga, torcida y carente de cualquier tipo de alegría—. Inténtalo con todas tus fuerzas. Ve mañana mismo con tus costosos abogados y diles que quieres dejar en la calle al hombre que financia y mantiene íntegramente tu lujoso estilo de vida. Diles sin tapujos que quieres quitarle el hijo al padre que acaba de regresar del trabajo y te escuchó maltratar emocionalmente al bebé y a la mujer encargada de cuidarlo.
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—¡Nadie te va a creer esa ridícula historia! —escupió Valeria, su voz quebrándose ligeramente por la desesperación—. Es simplemente tu palabra contra la mía en un tribunal. ¡Yo soy la madre, los jueces siempre me favorecerán a mí!
—¿De verdad crees que es solo mi palabra contra la tuya? —Roberto negó con la cabeza lentamente, como si hablara con una niña pequeña y obstinada—. Valeria, de verdad eres tan sumamente arrogante y vives tan desconectada de la realidad que ni siquiera conoces los detalles de tu propia casa. ¿Olvidaste por completo que instalamos cámaras de seguridad de alta definición en todas las áreas comunes para vigilar al bebé mientras no estábamos? Las cámaras graban audio nítido y video a color las veinticuatro horas del día. Tengo absolutamente todo el incidente grabado. Cada grito amenazante, cada humillación, cada insulto clasista. Tengo la prueba legal perfecta de exactamente quién eres a puerta cerrada.