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Chapter 6

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Una vez que María salió apresuradamente de la inmensa sala, secándose las lágrimas con el dorso de la mano y casi corriendo hacia el refugio de la cocina, Roberto se dio la vuelta muy despacio para enfrentarse finalmente a su esposa. Aún sostenía a Leo contra su pecho con firmeza, protegiéndolo instintivamente de la toxicidad que emanaba de la mujer de la blusa de satén rojo. Valeria había recuperado un poco la compostura física, o al menos intentaba aparentarlo para no colapsar. Alisó su falda negra con manos visiblemente temblorosas e intentó esbozar una sonrisa conciliadora, un gesto forzado que a Roberto le resultó profundamente repulsivo y grotescamente falso.

—Mi amor, escúchame, por favor, déjame explicarte —comenzó Valeria, dando un paso tentativo y cuidadoso hacia él, usando un tono dulce y meloso—. Estaba muy alterada, tuve un día terrible. El niño no dejaba de llorar por horas y esa chica es una inepta, hace todo mal y no sigue mis instrucciones. Solo perdí los nervios, eso es absolutamente todo. No quise decir nada de lo que dije, estaba estresada y exhausta.

Roberto la miró con una frialdad glacial, levantando una pared de hielo inexpugnable entre los dos.

—¿Perdiste los nervios? —repitió él, con un tono peligrosamente bajo, arrastrando cada palabra—. ¿Esa es tu magnífica justificación para humillar y destrozar psicológicamente a una joven que trabaja honradamente para nosotros? ¿Esa es tu excusa perfecta para hablar de tu propio esposo como si fuera basura indeseable?

—¡No, Roberto, lo del "pobretón" fue solo una expresión tonta! ¡Una tontería salida de tono por el puro enojo del momento! Tú sabes muy bien que yo te amo, que te valoro y respeto... —suplicó ella, intentando acercarse más para tocarle el brazo y usar su contacto físico habitual para aplacarlo.

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Roberto dio un paso atrás de forma brusca, apartándose como si el más mínimo contacto con ella le produjera un intenso asco físico.

—No te atrevas a tocarme, Valeria. Y sobre todo, no te atrevas a insultar mi inteligencia nunca más —sentenció Roberto, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro se tensaron—. No fue una "expresión tonta". Fue la cruda verdad que siempre has llevado por dentro. Hoy simplemente se te cayó la máscara perfecta porque creías que estabas a salvo de miradas, porque pensaste que el "iluso" no iba a enterarse de tu verdadera naturaleza. Escuché cada sílaba que pronunciaste, Valeria. Sé exactamente qué clase de persona eres realmente ahora, y me enferma hasta el estómago haber estado ciego durante tanto tiempo.

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