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Chapter 5

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Roberto avanzó lentamente hacia el centro de la sala, como si cada paso le costara una inmensa cantidad de energía física y emocional. Dejó caer su maletín de cuero negro sobre un sillón cercano con un golpe sordo que sobresaltó violentamente a las dos mujeres, haciéndolas dar un salto en su sitio. Sus ojos oscuros nunca se apartaron del rostro pálido y desencajado de Valeria. Ella intentó balbucear algo, intentó formar en su mente una excusa patética y rápida para salvarse, pero su garganta estaba completamente seca. El terror a las consecuencias la había enmudecido.

—Roberto... yo... no es lo que parece... —susurró Valeria finalmente, con una voz temblorosa, aguda y frágil que no se parecía absolutamente en nada al tono arrogante y cruel que había usado apenas un minuto antes.

Roberto ni siquiera se dignó a responderle. La ignoró por completo, pasando por su lado sin rozarla, tratándola como si ella fuera un mueble más, un fantasma sin ninguna importancia en su propia casa. Se acercó directamente a María, quien seguía temblando como una hoja, aferrando al niño contra su pecho, temiendo que la ira silenciosa del hombre se volviera también contra ella.

—María... —dijo Roberto, con una voz sorprendentemente suave, cálida y controlada, a pesar del huracán de emociones que arrasaba su interior en ese momento—. Dámelo, por favor. Dame a mi hijo.

La niñera, asustada pero confiando en él, asintió rápidamente con la cabeza y le entregó al bebé con sumo cuidado, liberando un sollozo ahogado. En el instante en que Leo sintió los brazos fuertes y familiares de su padre, su llanto comenzó a disminuir casi por arte de magia, convirtiéndose en pequeños e intermitentes hipos. Roberto apoyó la cabecita del bebé en su hombro, acariciándole la espalda con una ternura infinita, intentando transmitirle una calma que él mismo definitivamente no sentía.

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—Señor, de verdad que yo no hice nada malo... —intentó explicar María, sollozando, frotándose los ojos—. Yo solo quería preparar su leche...

—Lo sé, María. Lo sé todo —la interrumpió Roberto, mirándola con una profunda empatía y una tristeza que partía el alma—. Escuché lo suficiente desde la puerta. No tienes que darme ninguna explicación ni defenderte. Ve a la cocina, tómate un vaso de agua fría y siéntate a descansar. Yo me encargaré de solucionar todo esto a partir de este preciso momento.

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