Chapter 14

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Los días siguientes a la ruptura se convirtieron en un verdadero torbellino de notificaciones legales entregadas por mensajeros, pesada burocracia y una tensión constante que flotaba en el aire de la casa. Las cuentas bancarias conjuntas fueron congeladas rápidamente por orden judicial a petición de Fernando, y Valeria, presa de la desesperación al ver cortado su flujo de dinero, intentó irrumpir en la mansión Montenegro en dos ocasiones. Montó un espectáculo bochornoso en la puerta principal, gritando amenazas, hasta que Roberto, asesorado por su abogado, consiguió una orden de alejamiento temporal, alegando formalmente perturbación de la paz y la estabilidad emocional del menor y acoso a los empleados domésticos.
Dentro de los muros de la inmensa casa, la vida, sin embargo, había tomado un nuevo y sorprendentemente saludable ritmo. María, la joven niñera, se había convertido sin pretenderlo en un pilar fundamental en la vida diaria del pequeño Leo y en el principal y más confiable apoyo logístico de Roberto. Sin embargo, a pesar de la aparente paz, la joven vivía aterrorizada por las consecuencias de lo ocurrido. Una tarde lluviosa, mientras Roberto tomaba una taza de café negro en la amplia cocina, revisando unos densos documentos legales, María se le acercó lentamente, con las manos entrelazadas sobre su delantal y una evidente expresión de preocupación y miedo en el rostro.
—Señor Roberto... disculpe la interrupción, pero ¿puedo hablar con usted un momento en privado? —preguntó tímidamente, bajando la vista.
—Por supuesto que sí, María. Siéntate aquí, por favor. ¿Qué es lo que sucede? Te noto pálida —respondió él de inmediato, cerrando la pesada carpeta de golpe y prestándole toda su atención y respeto.
—Es sobre el juicio de divorcio que se acerca... La señora Valeria me llamó ayer por la tarde desde un número de teléfono desconocido. Me amenazó muy feo. Me dijo que si yo me atrevía a testificar en su contra ante el juez, sus abogados me destrozarían por completo en el tribunal, que inventarían y dirían cosas horribles de mí frente a todos y que, además, harían que me deportaran o me metieran presa... Tengo muchísimo miedo, señor Roberto. Yo no quiero perder mi valioso trabajo, pero tampoco quiero ir a enfrentarme a esa señora en una corte.
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Roberto sintió que la sangre le hervía en las venas y sus nudillos se pusieron blancos al escuchar las cobardes, sucias y bajas tácticas de su exesposa para salirse con la suya. Se levantó de su asiento, sirvió un vaso grande de agua fría y se lo entregó amablemente a María.
—María, escúchame bien y mírame a los ojos —dijo con una voz sumamente firme, paternal y profundamente protectora—. No voy a permitir, bajo ningún concepto, que esa mujer te toque ni un solo cabello de tu cabeza, ni a ti ni a tu reputación. Mi abogado ya está al tanto de sus amenazas previas y mañana mismo vamos a denunciar esta llamada formalmente como un intento de intimidación a un testigo clave. No tienes que mentir ante el juez, no tienes que inventar absolutamente nada. Solo tienes que ir y decir la pura verdad de lo que viviste y sufriste aquí. Y te prometo, y te doy mi palabra de honor como hombre, que pase lo que pase en ese juzgado, tu trabajo aquí en esta casa es permanente y totalmente seguro. Tienes mi protección total y la de mis abogados. No estás sola en esto.