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Chapter 10

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Valeria miró fijamente el grueso sobre manila posado sobre la mesa de cristal como si fuera un espejismo en medio del desierto, un tesoro incalculable que acababa de resbalarse inexorablemente por entre sus dedos perfectamente manicurados. La monumental revelación de Roberto la golpeó con la fuerza destructiva de un huracán categoría cinco. Él no era, ni de cerca, un hombre de clase media alta luchando diariamente por mantener las apariencias frente a sus amigas ricas. Era un hombre inmensamente rico ahora, un magnate, y ella, guiada única y exclusivamente por su propia soberbia descontrolada y crueldad injustificada, acababa de destruir con sus propias manos su pasaje dorado hacia una vida de lujo verdaderamente ilimitado. Su mente calculadora empezó a trabajar a toda velocidad, engranajes girando frenéticamente, intentando encontrar desesperadamente una forma milagrosa de revertir el daño colosal que había provocado.

De un segundo a otro, la mujer cruel, imponente y arrogante desapareció del mapa, reemplazada por una actriz de teatro barato completamente desesperada. Valeria se dejó caer de rodillas dramáticamente sobre la costosa alfombra persa, soltando un llanto que pretendía ser desgarrador. Las lágrimas, esta vez reales pero nacidas exclusivamente del profundo arrepentimiento económico y del miedo a la pobreza, y no de un remordimiento moral genuino, comenzaron a correr a raudales por sus mejillas, arruinando por completo su maquillaje impecable.

—¡Roberto, mi amor, mi vida, por favor perdóname! —suplicó ella, juntando las manos temblorosas en una actitud de ruego extremo y humillante—. ¡Fui una estúpida, una mujer ciega y tonta! ¡No sabía lo que decía, el diablo se apoderó de mi lengua! ¡El estrés postparto, la ansiedad constante de la maternidad, el cansancio, me han vuelto loca, te lo juro! ¡No me dejes, te lo ruego por Dios! No lo digo por el dinero, no me importa el dinero, sino por nosotros, por el amor que nos tenemos, por nuestro pequeño hijo. ¡Podemos buscar ayuda profesional mañana mismo, ir a terapia de pareja intensiva, te juro que cambiaré!

Roberto la observó desde arriba, sintiendo una mezcla de fascinación mórbida y profundo, absoluto rechazo ante la rápida y desvergonzada transformación camaleónica de su esposa. Era un espectáculo denigrante.

—Es simplemente increíble —murmuró Roberto, sacudiendo la cabeza con una incredulidad dolorosa—. Hace apenas diez minutos me considerabas un iluso sin valor, un pobretón al que engañabas, y ahora, de repente, por arte de magia y al ver un sobre, soy el amor indiscutible de tu vida. Tu actuación es patética y lamentable, Valeria. No te importa en absoluto nuestra familia, te importa exclusivamente el sobre de contratos que está en esa mesa.

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—¡No es verdad, te lo juro por mi vida! ¡Te amo a ti, siempre te he amado! —chilló ella estridentemente, agarrando la pierna del pantalón del traje de Roberto con desesperación.

—Suéltame inmediatamente —ordenó él con una voz sepulcral que la obligó a soltar la tela al instante—. El teatro barato se acabó para siempre. Arriba en el armario te espera tu maleta vacía. Tienes exactamente quince minutos antes de que llame a la seguridad de la urbanización para que te saquen.

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