Chapter 13

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Mientras Roberto, rodeado de un ambiente de tensa calma, organizaba minuciosamente su implacable estrategia legal en la tranquilidad de su lujoso despacho, Valeria se encontraba en un lúgubre, mal iluminado y desordenado bufete de abogados en una de las zonas menos exclusivas del centro de la ciudad. Había pasado la noche llorando de rabia en la suite de un hotel de cinco estrellas, cargando sin piedad todos los gastos del minibar y el servicio a la habitación a una tarjeta de crédito conjunta que Roberto, en su agotamiento, aún no había cancelado. Frente a ella, del otro lado del escritorio atestado de expedientes, estaba el abogado Ricardo Gómez, un hombre de aspecto descuidado, famoso en el gremio por sus tácticas extremadamente sucias, su absoluta falta de escrúpulos morales y su habilidad natural para alargar los divorcios con el único fin de asfixiar financieramente a la contraparte hasta forzar un acuerdo.
Valeria, vistiendo astutamente un sobrio traje de sastre gris que pretendía darle un falso aire de vulnerabilidad y modestia, le había contado a Ricardo una versión de los hechos completamente distorsionada y victimista.
—Me echó a la calle como a un perro sarnoso, Ricardo. A la medianoche, lloviendo, y sin importarle un ápice el bienestar de nuestro pobre bebé —sollozaba Valeria dramáticamente, exprimiendo un par de lágrimas falsas de sus ojos maquillados—. Y todo, absolutamente todo, ocurrió porque tuve una simple y normal discusión doméstica con la niñera insolente e inútil que él tanto defiende con uñas y dientes. ¡Estoy completamente segura de que mi marido se acuesta con esa sirvienta a mis espaldas!
Ricardo la observaba con sus ojos pequeños y astutos, tecleando rápidamente la información en su vieja computadora. En realidad, no le importaba lo más mínimo si la elegante mujer frente a él mentía descaradamente; le importaba exclusivamente la viabilidad financiera del caso.
—Tranquila, señora Valeria, no llore más. El bienestar psicológico de la madre siempre es la máxima prioridad de los jueces de esta ciudad —dijo Ricardo con una sonrisa grasienta y tranquilizadora—. Pediremos formalmente la custodia total del menor, el uso exclusivo y vitalicio de la residencia familiar, una pensión compensatoria altísima que asegure su estilo de vida, y, por supuesto, la mitad exacta de todos los bienes gananciales generados.
—Él tiene mucho dinero ahora, Ricardo. Me acabo de enterar de que acaba de fusionar su empresa. Es multimillonario, te hablo de muchísimo dinero —reveló Valeria, con un brillo repentino de avaricia en los ojos que destruyó por completo, en un segundo, su cuidada fachada de víctima desconsolada.
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Ricardo detuvo sus dedos sobre el teclado y la miró fijamente, casi relamiéndose los labios. Un caso multimillonario con un cliente rencoroso significaba una comisión astronómica para él.
—Excelente noticia. Entonces le prometo que lo vamos a exprimir hasta el último centavo que tenga. Le haremos la vida un infierno legal hasta que suplique de rodillas un acuerdo millonario. Ese pobre hombre no sabrá qué camión lo golpeó.