Chapter 11

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Al darse cuenta, de manera brutal y definitiva, de que no había ninguna marcha atrás, que las lágrimas fingidas, el drama corporal y las súplicas patéticas no tendrían absolutamente ningún efecto sobre el muro de acero impenetrable en el que se había convertido su marido, Valeria se puso de pie lentamente, temblando. La furia, pero esta vez fría, sombría y profundamente calculadora, volvió a reemplazar a la falsa desesperación en sus ojos inyectados en sangre. Sin decir una sola palabra más, alisó los pliegues de su blusa de satén rojo, le lanzó a su esposo una mirada cargada de veneno puro y rencor eterno, y subió las largas escaleras de mármol con pasos pesados, furiosos y ruidosos. Exactamente quince minutos después, bajó arrastrando pesadamente una inmensa maleta de diseñador, repleta de la ropa más cara que pudo meter. Pasó por el centro de la sala sin siquiera dignarse a mirar a Roberto ni al bebé que dormía plácidamente, cruzó el majestuoso vestíbulo con pasos rápidos y cerró la enorme puerta de roble macizo con un portazo violento que hizo temblar todos los ventanales de la casa.
El fuerte eco del portazo se desvaneció lentamente en la amplitud de la residencia, dejando tras de sí un silencio que, por primera vez en muchísimo tiempo, se sentía pacífico, puro y profundamente liberador. Roberto dejó escapar un suspiro largo, pesado y tembloroso, cerrando los ojos por un instante. Sentía físicamente que le habían quitado un peso inmenso de encima, como si por fin pudiera respirar aire limpio, aunque sabía en el fondo de su mente que la verdadera y cruenta batalla legal y emocional apenas comenzaba.
Se dirigió con pasos lentos hacia la cocina, donde María seguía sentada rígidamente en un taburete alto, con las manos entrelazadas sobre las rodillas y la mirada perdida en la nada, aún procesando el enorme terremoto emocional que acababa de sacudir y destruir la dinámica de la casa. Al ver entrar a Roberto con el bebé durmiendo en brazos, se puso de pie de inmediato, sobresaltada.
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—Señor Roberto... yo... de verdad lo siento muchísimo —dijo María, bajando la cabeza, sintiéndose inmensamente culpable por haber sido el detonante involuntario de la abrupta ruptura matrimonial.
—No tienes absolutamente nada de qué disculparte en el mundo, María —respondió Roberto, acercándose a ella con una sonrisa visiblemente cansada pero genuina y amable—. Tú eres la única víctima aquí, no la causante. Siento mucho en el alma que hayas tenido que soportar este trato indigno en mi casa. Te doy mi palabra de que a partir de hoy, las cosas aquí van a ser muy, muy diferentes. ¿Me ayudarías a llevar al pequeño Leo a su cuna, por favor? Creo que ambos necesitamos descansar de urgencia. Mañana será un día increíblemente largo y burocráticamente complicado.