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Chapter 16

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El experimentado juez arqueó una tupida ceja blanca, visiblemente intrigado por la rotunda seguridad y el tono desafiante con la que hablaba el abogado de Roberto. Al otro lado de la sala, Ricardo Gómez, el abogado de Valeria, frunció el ceño profundamente, la incomodidad haciéndose evidente en su rostro mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, preparándose tensamente para objetar cualquier argumento que su oponente intentara presentar.

—¿A qué se refiere exactamente con esa afirmación, licenciado Silva? —preguntó el juez con voz grave y autoritaria, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Más le vale tener pruebas físicas y contundentes preparadas para respaldar una acusación tan seria de perjurio e intento de fraude procesal contra la madre biológica del menor en este tribunal.

—Las tengo aquí mismo, su señoría. Pruebas absolutamente irrefutables, visuales, auditivas y con marca de tiempo inalterable, que demuestran sin lugar a dudas el verdadero y tóxico carácter de la señora Valeria y, más importante aún, el evidente peligro emocional y psicológico que representa su presencia para su propio hijo lactante y para el personal subordinado a su cargo —declaró Fernando con voz de trueno, alzando en alto el pequeño dispositivo USB para que todos lo vieran—. Solicito permiso formal a esta corte para conectar y proyectar un fragmento de video grabado nativamente por las cámaras de seguridad del circuito cerrado instaladas legalmente en las áreas comunes de la residencia familiar. Cabe destacar que dicho sistema fue instalado con el consentimiento firmado previo de ambas partes explícitamente para monitorear la seguridad y el bienestar del menor.

Al escuchar esas palabras, Valeria sintió literalmente que la sangre se le helaba en las venas, paralizando sus músculos. Instintivamente agarró el brazo de su abogado con desesperación, clavándole las uñas afiladas a través de la gruesa tela del traje barato. Durante todos estos días, se había convencido a sí misma de que Roberto solo estaba alardeando con furia aquella noche, que un hombre tan reservado jamás sería capaz de exponer los sucios y bochornosos asuntos privados de su intimidad matrimonial ante un tribunal público lleno de extraños curiosos.

—¡Objeción inmediata, su señoría! —gritó Ricardo Gómez, poniéndose de pie de un salto, empujando su silla hacia atrás con pánico, dándose cuenta del peligro fatal de esa prueba—. Esas supuestas grabaciones son ilegales y violan flagrantemente el derecho constitucional a la privacidad e intimidad de mi clienta en su propio domicilio.

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—El sistema de grabación fue instalado abierta y notoriamente en áreas de uso común de la casa familiar, con el conocimiento pleno y comprobable de su clienta, diseñado específicamente para proteger al menor, licenciado Gómez. Su objeción carece de fundamento legal y es, por tanto, denegada. Proceda inmediatamente con la proyección del video, licenciado Silva —ordenó el juez con tono firme, haciendo un gesto a los técnicos de la sala.

Una enorme pantalla blanca descendió mecánicamente en la pared lateral de la sala de audiencias. Las brillantes luces del techo se atenuaron levemente de forma automática. Y entonces, tras un breve parpadeo digital, la imagen cristalina, a todo color y en alta definición de la lujosa sala de estar de los Montenegro apareció enorme ante los ojos de todos los presentes. Allí estaba la verdadera Valeria, vistiendo su llamativa blusa de satén rojo brillante y su falda negra ajustada, caminando de un lado a otro como una fiera enjaulada y rabiosa. Segundos después, se escuchó nítidamente el llanto desgarrador e ignorado del pequeño Leo, y luego, como un latigazo, la voz estridente, aguda y cruel de Valeria llenó por completo la sala de audiencias, rebotando en la madera y resonando en los oídos de cada persona en aquel recinto.

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