Chapter 19

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Pocas semanas después del humillante y devastador veredicto judicial, la dura e implacable realidad de su nueva situación golpeó a Valeria con una fiereza despiadada. Una tarde de martes, se encontraba sentada en el sofá barato y gastado de un pequeño, lúgubre y ruidoso apartamento de alquiler ubicado en uno de los distritos más grises y alejados de los suburbios de la ciudad, un lugar modesto que ella, en sus épocas de gloria, jamás habría considerado digno ni siquiera para albergar al más bajo de sus empleados domésticos. El irrisorio cheque de compensación mínima que el severo juez le había otorgado a regañadientes apenas le alcanzó para cubrir, a duras penas, los honorarios exorbitantes y usureros de Ricardo Gómez y para pagar el depósito y asegurar unos pocos meses de alquiler de ese diminuto y claustrofóbico espacio.
Mientras miraba inexpresivamente a través de la pequeña y sucia ventana que daba a un callejón sin salida, su mente la traicionaba bombardeándola constantemente, recordando con una claridad dolorosa la inmensa, luminosa y aireada sala de estar de su antigua mansión. Añoraba la luz que se reflejaba en los candelabros de cristal importado, el tacto frío y lujoso del suelo de mármol pulido bajo sus pies descalzos y la embriagadora sensación de poder absoluto y superioridad que solía disfrutar a diario. Recordaba a Roberto, el hombre bueno y trabajador al que con tanto veneno llamó repetidas veces "pobretón" e "iluso". Ese mismo hombre ahora dirigía con mano firme un imperio empresarial internacional y aparecía sonriente en las portadas de las revistas de finanzas y negocios más prestigiosas, aclamado como uno de los líderes más exitosos, innovadores y éticos de todo el país. Recordaba su infinita paciencia, su devoción incondicional, su amor sincero y la forma en que él siempre se había esforzado por darle absolutamente todo lo que ella pedía.
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Había tenido literalmente el mundo entero servido en bandeja de plata en la palma de su mano. Tenía un buen hombre que la amaba ciegamente, un hermoso y sano hijo que llevaba su sangre y una enorme fortuna económica completamente asegurada para el resto de sus días. Pero su necesidad tóxica y enfermiza de sentirse superior, su crueldad gratuita, constante y malintencionada hacia las personas más vulnerables a su alrededor, como la pobre María, y su arrogancia desmedida la habían empujado directo hacia su propia destrucción total.
Valeria tomó un simple vaso de plástico con agua tibia del grifo, sintiendo un pesado e indisoluble nudo de profunda amargura atascado en la garganta. No había nadie en el mundo a quien pudiera culpar por su desgracia. No podía culpar al severo juez, no podía culpar a la astucia del abogado de Roberto, ni siquiera podía atreverse a culpar a la inocente niñera. Su completa y dolorosa soledad, su ruina económica y su miseria eran exclusiva y directamente el resultado kármico de sus propias palabras viles y sus crueles acciones. Se dio cuenta, tristemente demasiado tarde para arreglarlo, de que el profundo desprecio y el odio clasista que escupió con tanta ligereza aquel fatídico día en su lujosa sala de estar, se había convertido en un letal veneno que terminó corroyendo y destruyendo su propia vida para siempre.