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Chapter 8 - La sombra del pasado

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A pesar de los esfuerzos por dejar atrás los escándalos, el apellido de mi exmarido seguía apareciendo de forma intermitente en las secciones de economía de los periódicos locales. La fiscalía había formalizado los cargos contra Tomás por delitos societarios y falsedad documental, y el juicio oral se fijó para principios de la primavera.

Un martes por la tarde, mientras revisaba unos balances en mi despacho, mi teléfono móvil vibró sobre la mesa. Era un número desconocido. Lo ignoré las dos primeras veces, pero en la tercera decidí contestar, pensando que podría ser un cliente de la firma.

—¿Diga?

—Elena... soy Natalia —se escuchó al otro lado de la línea. La voz sonaba quebrada, irreconocible, muy distante de la mujer altiva y sofisticada que había presumido de su relación con Tomás en aquella cena de inversores—. Por favor, no cuelgues. Necesito hablar contigo.

Me quedé en silencio unos segundos, sopesando mis opciones.

—¿Dónde estás, Natalia? —pregunté con cautela.

—Estoy en una cafetería cerca de tu oficina. Sé que te debo una explicación... o mil. No te pido que me perdones, solo necesito diez minutos de tu tiempo. Por favor.

Suspiré, sintiendo un cansancio repentino. La curiosidad, combinada con una extraña sensación de cierre definitivo, me hizo aceptar.

—De acuerdo. Dame veinte minutos y nos vemos en la terraza del local de la esquina.

Diez minutos después caminaba bajo el cielo gris de la ciudad hacia el punto de encuentro. Natalia estaba sentada en una mesa apartada, con el abrigo abrochado hasta el cuello y sin una gota de maquillaje. Parecía haber envejecido diez años desde la última vez que la vi repartiendo carpetas en el consejo de administración. Al verme llegar, se puso en pie con torpeza.

—Gracias por venir —dijo señalando la silla vacía enfrente de ella.

—Habla, Natalia. Tengo poco tiempo —fui directa al grano, sentándome sin tocar la taza de café que había pedido para mí.

Natalia bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre la mesa. Sus uñas estaban sin pintar y mordidas.

—Quiero que sepas que yo no sabía la magnitud del fraude —comenzó con voz temblorosa—. Tomás me vendió una mentira perfecta. Me dijo que tú estabas de acuerdo con las operaciones para optimizar impuestos, que eras una socia silenciosa que prefería mantenerse al margen. Me prometió un futuro juntos, una participación real en la empresa... me creí el centro de su universo.

—Y en realidad eras solo el testaferro perfecto —le recordé sin piedad—. Alguien cuyo nombre podía estamparse en los contratos fraudulentos para mantener sus propias manos limpias.

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Natalia.

—Me arruinó, Elena. Mi apartamento está embargado, las cuentas de NF Estrategia y Eventos fueron congeladas y ahora tengo antecedentes penales por cooperación necesaria. Ningún bufete serio quiere contratarme. He perdido absolutamente todo.

—Excepto tu libertad, Natalia, que conservas porque decidiste colaborar a tiempo con la justicia —le contesté con firmeza—. No voy a compadecerte. Cometiste errores graves por ambición y por la necesidad de brillar a costa ajena. Yo también confié ciegamente en él durante años, pero cuando abrí los ojos, asumí la responsabilidad de reparar el daño en lugar de seguir mintiéndome a mí misma.

Natalia asintió con amargura, reconociendo la verdad ineludible de mis palabras.

—¿Lo vas a perdonar alguna vez? A Tomás, digo.

La pregunta me sorprendió por su ingenuidad.

—El perdón no es algo que se le concede a alguien que ni siquiera entiende el daño que ha causado —repliqué con serenidad—. Lo único que siento hacia él es indiferencia. Y te sugiero que intentes sentir lo mismo si quieres reconstruir lo que te queda de vida.

Me levanté de la mesa, dejando mi café intacto, y me abroché el abrigo.

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—Espero que encuentres tu propio camino, Natalia. Pero no vuelvas a buscarme. Mi vida ya no tiene espacio para los fantasmas de Tomás Aranda.

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