Chapter 7 - Nuevos cimientos

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El despacho en la firma de reestructuración empresarial era luminoso y olía a papel nuevo y café recién hecho. Desde mi mesa, situada en la sexta planta de un edificio moderno en el centro financiero, podía ver el ir y venir constante de los coches y la gente que caminaba con prisa hacia sus destinos. Era un entorno dinámico, exigente y, sobre todo, honesto. Aquí las cuentas cuadraban o se investigaban; las valoraciones eran reales y los méritos se reconocían sin necesidad de ocultarse tras la sombra de nadie.
Mi jefe, un hombre brillante llamado Fernando Sotomayor, entró sin previo aviso con un legajo de documentos bajo el brazo.
—Elena, necesito que le eches un vistazo a este plan de salvataje financiero para una cooperativa textil —me dijo con una sonrisa cordial mientras dejaba los papeles sobre mi mesa—. El director es un desastre con la contabilidad, pero el producto es excelente. Me recuerda a ti en tus mejores tiempos.
—¿En mis mejores tiempos? —bromeé, levantando una ceja—. Fernando, apenas estoy empezando mi segunda juventud profesional.
—Tienes toda la razón. Por cierto, abajo te espera una visita un tanto inusual. Dice que es un viejo conocido tuyo.
Fruncé el ceño, intrigada. Nadie de mi círculo anterior solía pasarse por la oficina, y menos sin avisar.
—¿Sabes quién es?
—No quiso dar el nombre completo, solo dijo que venía de parte de Aranda Soluciones. Pero no te preocupes, si te molesta, le digo que se marche inmediatamente.
—No, déjalo pasar —dije, incorporándome despacio—. Es mejor cerrar todas las puertas pendientes de una vez por todas.
Minutos después, la puerta de mi despacho se abrió con timidez. Era el antiguo director financiero de Aranda, un hombre mayor que había trabajado con nosotros desde los inicios y que siempre se había mantenido al margen de las maniobras oscuras de Tomás. Sostenía el sombrero entre las manos con evidente incomodidad.
—Hola, Elena —saludó con voz temblorosa—. Sé que no debería estar aquí, pero necesitaba verte.
—Siéntate, Manuel —le indiqué con amabilidad, ofreciéndole la silla frente a mi escritorio—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Ocurre algo con la liquidación?
—No, no es nada de eso —respondió sentándose con lentitud—. Quería pedirte disculpas. Sé que en su momento mirué hacia otro lado cuando Tomás empezó a desviar los fondos hacia esa empresa fantasma... NF Estrategia y Eventos. Me amenazó con despedirme si abría la boca, y yo tenía una hipoteca que pagar y a mi mujer enferma. Pero eso no me excusa.
Lo miré fijamente. En sus ojos había un remordimiento sincero, el peso de la culpa que había cargado durante meses.
—Manuel, yo sé lo que es estar atrapada en una red de mentiras y presiones por miedo a perder lo que amas —le dije con suavidad, sin rastro de rencor en mis palabras—. No voy a juzgarte. Elegiste el silencio por supervivencia, pero ahora estás aquí dando la cara. Eso dice mucho de ti.
El hombre exhaló un suspiro de alivio tan profundo que pareció quitarse diez años de encima.
—Gracias, Elena. De verdad. La empresa ya no es la misma... han cambiado el nombre a "Innovación y Logística del Norte", y han despedido a la mitad de la cúpula directiva. Pero querían que supieras que el equipo técnico siempre te recordará como la verdadera artífice de lo que fuimos.
—Diles que guarden esos recuerdos para construir un futuro mejor —le respondí con una sonrisa cálida—. Yo ya cerré esa etapa. Mi presente está aquí.
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Cuando Manuel se marchó, me quedé unos minutos contemplando el horizonte a través del ventanal. Ya no sentía nostalgia por el pasado ni amargura por el engaño. El nombre de Aranda ya no me definía; ahora era simplemente una lección aprendida y superada.
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