Chapter 28 - Vuelos independientes

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El tiempo tiene una forma curiosa de acelerar cuando eres feliz. Dos años después de la apertura de la firma, el despacho había crecido hasta incorporar a tres auditores más y colaborar habitualmente con el bufete de Mateo. Sin embargo, el mayor cambio no ocurría en la oficina, sino en casa.
Era finales de agosto, y el maletero de mi coche estaba lleno de cajas, maletas y una lámpara de pie que Claudia insistía en llevarse. Había sido aceptada en la facultad de Derecho de una prestigiosa universidad en otra ciudad, dispuesta a especializarse, según sus propias palabras, en derecho corporativo y protección familiar.
Mientras acomodaba la última caja, sentí esa punzada agridulce que acompaña al síndrome del nido vacío. Pablo ya pasaba la mayor parte del tiempo en el campus universitario o con su novia, y ahora mi niña también desplegaba sus alas.
—Creo que ya está todo, mamá —dijo Claudia, cerrando el maletero y sacudiéndose las manos—. ¿Seguro que no vas a estar triste tú sola en la casa grande?
Me giré hacia ella y la abracé con fuerza, respirando el aroma de su pelo.
—Estaré triste porque os echaré de menos todos los días —le confesé, separándome para mirarla a los ojos—. Pero nunca he estado más orgullosa en toda mi vida. Vas a comerte el mundo, Claudia. Tienes el talento y, lo más importante, tienes la empatía para usar el derecho como un escudo, no como un arma.
—He tenido a la mejor maestra —respondió ella con una sonrisa emocionada.
El viaje hasta su nueva ciudadela universitaria fue tranquilo. Al dejarla instalada en su colegio mayor y despedirme, conduje de vuelta a casa sola. La carretera se extendía ante mí, abierta y despejada.
Esa noche, la casa estaba inusualmente silenciosa, pero no me sentí sola. Mateo vino a cenar. Habíamos formalizado nuestra relación poco a poco, sin prisas, construyendo un compañerismo basado en la admiración mutua y el respeto por nuestros espacios.
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—Brindo por la nueva estudiante de derecho —dijo Mateo, alzando su copa de vino en mi salón—. Y por ti, Elena. Has criado a unos hijos extraordinarios.
Sonreí, chocando mi copa con la suya. El silencio de la casa ya no era un eco de soledad, sino el sonido pacífico de un trabajo bien hecho. Mis hijos volaban libres, y yo, por fin, también.