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Chapter 4 - TODO LO QUE HABÍA GUARDADO EN SILENCIOA las ocho de la mañana, Beatriz Salcedo llegó a La Moraleja acompañada por un procurador y un especialista en delitos económicos.

Beatriz había sido compañera mía en la universidad. Durante años nos habíamos visto poco, pero nunca perdimos el contacto. Tres meses antes, cuando empecé a sospechar que Tomás estaba desviando dinero, le pedí ayuda.

No le hablé entonces de Natalia.

Le hablé de facturas duplicadas, transferencias sin justificar y documentos que aparecían firmados digitalmente con mi certificado.

Beatriz me aconsejó que no enfrentara a Tomás hasta conservar pruebas suficientes.

Desde entonces, había guardado copias de correos, extractos bancarios y mensajes. También había solicitado al servicio de seguridad de la casa que conservara las grabaciones de todas las zonas comunes.

Tomás creía que las cámaras solo almacenaban imágenes durante siete días.

Yo había pedido una copia externa cada semana.

Nos reunimos en la biblioteca.

Claudia y Pablo estaban con mi hermana, lejos de la casa. No quería que presenciaran otro enfrentamiento.

—El banco ha inmovilizado los pagos no esenciales —explicó Beatriz—. Las nóminas y obligaciones fiscales podrán atenderse bajo supervisión, pero ninguna transferencia extraordinaria saldrá sin autorización conjunta.

—¿Puede revocar el bloqueo? —pregunté.

—No mientras continúe la investigación.

—¿Y la empresa de Natalia?

El especialista colocó varios documentos sobre la mesa.

—NF Estrategia y Eventos no tiene empleados, oficina propia ni actividad acreditada. Ha emitido facturas por asesoramiento estratégico, campañas y organización de actos que nunca se celebraron.

—¿Cuánto se ha transferido en total?

—Estamos revisándolo. La cifra provisional supera los seiscientos mil euros.

Cerré los ojos un instante.

Era más de lo que habíamos calculado la noche anterior.

—También hemos encontrado pagos del alquiler del ático, viajes, joyas, reformas y un vehículo —añadió.

—¿Con dinero de Aranda Soluciones?

—En su mayoría.

Beatriz me observó.

—Necesito preguntártelo de forma directa. ¿Tomás te ha obligado alguna vez a firmar documentos?

—No físicamente.

—¿Te ha ocultado información financiera?

—Sí.

—¿Te ha amenazado con la custodia de los niños?

—Anoche.

—¿Hay testigos?

—Natalia estaba presente. Claudia escuchó parte de la conversación.

—No quiero que vuestra hija participe más de lo imprescindible.

—Yo tampoco.

Beatriz asintió.

—Entonces necesitamos sostener el caso con documentos, registros y testigos adultos.

Le entregué mi teléfono.

Había grabado la conversación del despacho desde el momento en que encontré mis informes médicos.

—No sabía que estabas grabando —dijo.

—Lo activé antes de bajar al comedor.

—¿Por qué?

—Porque llevaba meses diciéndome que imaginaba cosas. Necesitaba escuchar después lo que ocurría para no dudar de mí misma.

Aquella frase me costó más pronunciarla que cualquier acusación.

Beatriz me tomó la mano.

—Eso también es parte del abuso, Elena. Hacerte desconfiar de tu memoria, de tu criterio y de lo que ves.

El especialista revisó el archivo.

—Aquí admite implícitamente que conservó tu certificado. También amenaza con utilizar tus informes médicos.

—¿Servirá?

—Servirá junto con los registros de acceso.

A media mañana recibimos otro informe del banco.

Las transferencias habían sido autorizadas desde dos direcciones IP. Una correspondía al despacho de Tomás en la empresa. La otra, al ático de la calle Velázquez.

Mi certificado digital se había utilizado cuarenta y tres veces.

Yo podía demostrar que, en muchas de esas fechas, estaba en otra ciudad, en el colegio de los niños o ingresada durante una noche por una intervención menor.

Tomás llegó a la casa poco antes del mediodía.

No venía solo. Le acompañaba su abogado, Javier Montalbán, un hombre conocido en los círculos empresariales de Madrid.

Entraron en la biblioteca sin esperar invitación.

—Esta reunión ha terminado —dijo Tomás.

Beatriz se levantó.

—No mientras mi clienta siga siendo propietaria de esta vivienda y garante principal de varias obligaciones de la empresa.

Javier dejó una carpeta sobre la mesa.

—Venimos a proponer una separación ordenada.

Tomás parecía haber recuperado la seguridad.

—Es lo mejor para todos.

—¿Tan rápido? —pregunté.

—Nuestra relación está rota desde hace años.

—Anoche todavía querías que siguiera sirviendo la cena.

—No voy a discutir detalles domésticos.

Javier abrió la carpeta.

—El acuerdo contempla que la señora Aranda permanezca temporalmente en una vivienda arrendada, perciba una pensión mensual y mantenga visitas amplias con los menores.

—¿Visitas? —preguntó Beatriz.

—El señor Aranda considera que, dadas las circunstancias, la residencia principal con el padre ofrece mayor estabilidad.

—¿Qué circunstancias?

Javier deslizó sobre la mesa copias de mis informes médicos.

—Ansiedad, episodios de angustia y comportamiento financiero impulsivo.

Beatriz no mostró sorpresa.

—¿Llaman comportamiento impulsivo a bloquear transferencias presuntamente fraudulentas?

—No existe ninguna resolución que confirme fraude.

—Todavía.

Tomás se dirigió a mí.

—Firma el acuerdo y evitaremos una guerra.

—¿Eso era lo que querías que firmara después de la cena?

—Quería ofrecerte una salida digna.

—Después de presentarme como criada delante de veinte inversores.

—Fue una broma.

—Después de entregar mis joyas a Natalia.

—Un malentendido.

—Después de copiar mi certificado digital.

Su abogado giró la cabeza hacia él.

Tomás apretó la mandíbula.

—No admito esa acusación.

Beatriz colocó sobre la mesa el informe de accesos.

—El certificado de mi clienta se utilizó desde el ordenador del señor Aranda y desde un inmueble pagado por la sociedad de la señora Ferrer.

Javier leyó la primera página.

Su expresión cambió.

—Necesito hablar con mi cliente en privado.

—Antes deberían ver esto —dijo Beatriz.

Reprodujo el fragmento de la grabación en el que Tomás me amenazaba con cuestionar mi capacidad para cuidar de nuestros hijos. Después escuchamos a Natalia decir que él le había asegurado que yo había aprobado las transferencias.

Tomás se levantó.

—Esa grabación es ilegal.

—Mi clienta participaba en la conversación —respondió Beatriz—. Es perfectamente utilizable.

Javier cerró los ojos durante un segundo.

—Tomás, sal conmigo.

—No.

—Ahora.

Se marcharon al pasillo.

A través de la puerta escuchamos sus voces contenidas.

—¿Utilizaste su certificado?

—Ella me dio acceso.

—Eso no significa que puedas firmar en su nombre.

—No entiendes cómo funciona la empresa.

—Entiendo que puedes enfrentarte a una investigación penal.

Cuando regresaron, Javier ya no hablaba de visitas ni de inestabilidad.

—Necesitamos tiempo para revisar la documentación.

—El viernes hay consejo extraordinario —dijo Beatriz—. Mi clienta ejercerá sus derechos.

Tomás me miró.

—No puedes presentarte allí.

—Soy titular de participaciones y garante.

—Todos pensarán que intentas destruir la empresa por celos.

—Entonces tendrás la oportunidad de explicarles por qué una sociedad vinculada a Natalia recibió seiscientos mil euros.

Su rostro se tensó.

—Si haces esto público, perderemos todos.

—Tú lo hiciste público cuando me humillaste delante de los inversores.

—Aún puedo protegerte.

—No necesito que me protejas. Necesito que dejes de utilizar mi patrimonio, mi firma y mis hijos para protegerte tú.

Tomás salió sin despedirse.

Aquella tarde llamó a Claudia tres veces. No le permití hablar con ella hasta que Beatriz estuvo presente. Cuando por fin lo hizo, intentó convencerla de que todo era culpa de un malentendido bancario.

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Claudia respondió con una frase que me hizo llorar después, cuando nadie podía verme.

—Papá, una equivocación ocurre una vez. Tú llevas meses mintiendo.

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