Chapter 17 - Victoria compartida

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La sentencia a favor de Valeria Santaló se dictó dos semanas después. El juez no solo falló a nuestro favor, sino que ordenó la restitución inmediata de los fondos a las cuentas de la empresa y dictó medidas cautelares para que Diego fuera apartado de la dirección ejecutiva, abriendo la puerta a un proceso penal en su contra.
Aquel viernes por la tarde, el despacho era una fiesta. Valeria había venido a agradecérnoslo en persona. Al cruzar la puerta de la sala de reuniones, corrió hacia mí y me abrazó con una fuerza que me dejó sin aliento.
—Me has salvado la vida, Elena. Nos has salvado a mis hijas y a mí —dijo, llorando de pura alegría—. Nunca podré pagaros lo que habéis hecho.
—Ya lo has pagado con tu valentía, Valeria —le respondí, devolviéndole el abrazo con emoción—. El primer paso para salir de la trampa es atreverse a pedir ayuda. Tú lo hiciste. Ahora la empresa vuelve a ser tuya. Llévala a donde se merece.
Fernando descorchó una botella de champán para brindar, algo poco habitual en nuestra sobria firma. Mateo me ofreció una copa, sus ojos oscuros brillando con un orgullo sincero.
—Brindo por la mejor perito forense de este país —dijo Mateo, alzando su copa—. Y por la mujer que no tiene miedo de enfrentarse a los gigantes.
Brindamos entre risas. Mientras saboreaba el champán frío, sentí que todas las piezas rotas de mi propio pasado habían servido para algo. Todo el sufrimiento que había soportado con Tomás me había convertido en el escudo perfecto para mujeres como Valeria. Ya no era una víctima que había sobrevivido a un naufragio; era el faro que guiaba a otras hacia la orilla.
Esa noche, al salir de la oficina, Mateo me acompañó hasta el coche.
—Haces un trabajo extraordinario, Elena —murmuró, deteniéndose junto a la puerta de mi vehículo.
—Nosotros hacemos un trabajo extraordinario, Mateo. Gracias por tu brillantez en el tribunal.
—Me encantaría invitarte a cenar un día de estos. Para celebrar. Sin expedientes, ni jueces, ni balances contables.
Le sostuve la mirada. No había presión en su voz, solo una invitación honesta y transparente.
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—Me encantaría, Mateo. Llámame el fin de semana.
Subí al coche con una sonrisa que me duró hasta llegar a casa.