Chapter 3 - LA EMPRESA QUE LLEVABA SU NOMBRELos invitados se marcharon antes de lo previsto.


Tomás intentó fingir que el problema bancario era un error técnico, pero cada nueva llamada empeoraba su expresión. Las tarjetas corporativas no funcionaban. El acceso a las cuentas estaba suspendido. Una transferencia internacional había quedado retenida.
Natalia fue la primera en perder la calma.
—Tengo un pago pendiente esta noche.
—Se resolverá mañana —respondió Tomás.
—No puede esperar.
—He dicho que lo resolveré.
Yo permanecía junto a la chimenea, con una blusa limpia y el pelo recogido. Había dejado de parecer una mujer humillada sirviendo vino. Eso pareció irritarle aún más.
Cuando se cerró la puerta tras el último inversor, Tomás se volvió hacia mí.
—¿Qué has hecho?
—He autorizado una medida preventiva.
—¿Con qué derecho?
—Con el derecho que me concede el pacto de garantías.
Natalia intervino.
—No puedes bloquear una empresa por una discusión matrimonial.
—No la he bloqueado por una discusión matrimonial.
Tomás dio un paso hacia mí.
—Retira la orden.
—No.
—Elena, no sabes lo que estás haciendo.
—Sé que cuatrocientos treinta y ocho mil euros han salido de Aranda Soluciones hacia NF Estrategia y Eventos.
El rostro de Natalia se quedó inmóvil.
Tomás tardó un segundo de más en responder.
—Son gastos de consultoría.
—Una consultora creada hace siete meses a nombre de tu amante.
—Natalia no es mi amante.
Miré el collar que seguía llevando.
—Entonces resulta aún más difícil explicar por qué le has entregado mis joyas, mi ropa y casi medio millón de euros.
Natalia se quitó el collar con brusquedad y lo dejó sobre una mesa.
—Tomás, me voy.
—Tú no vas a ninguna parte —dije.
Ella se detuvo.
—No puedes retenerme.
—No pienso hacerlo. Pero antes quiero la caja que sacaste de mi despacho.
—No he cogido nada.
—Claudia te vio.
Tomás se interpuso entre nosotras.
—No metas a nuestra hija en esto.
—La has metido tú al permitir que Natalia entrara en su habitación.
—Era una caja con documentos de la empresa.
—También contenía las escrituras de una propiedad privativa.
—Todo lo que tienes lo has conseguido durante nuestro matrimonio.
—La finca la heredé antes de conocerte.
—Y la utilizaste voluntariamente como garantía.
—Para salvar tu empresa, no para financiar a tu amante.
Tomás golpeó con la mano el respaldo de una silla.
—¡Deja de llamarla así!
La intensidad de su reacción confirmó lo que llevaba meses negando.
Natalia le tocó el brazo.
—No merece la pena.
Ese gesto, íntimo y automático, hizo innecesaria cualquier confesión.
—Quiero la caja —repetí.
Tomás sacó una llave del bolsillo y se dirigió a su despacho.
Le seguimos.
La caja azul estaba sobre la mesa. Junto a ella había un sobre de una clínica privada de Madrid, varias copias de documentos notariales y un contrato de alquiler de un ático en la calle Velázquez.
Tomé el contrato.
El arrendatario era NF Estrategia y Eventos. La renta mensual ascendía a seis mil quinientos euros.
—¿Vivís allí?
Natalia cruzó los brazos.
—Es un espacio de representación.
—Tiene tres dormitorios.
Tomás intentó quitarme el documento.
—No tienes derecho a revisar correspondencia privada.
—Está pagado con dinero de la empresa.
Abrí el sobre de la clínica.
Contenía facturas de tratamientos médicos a nombre de Natalia. No leí los detalles. No los necesitaba. Lo importante era que también se habían cargado a una tarjeta corporativa.
Debajo encontré copias de dos informes sobre mi salud.
Eran documentos emitidos por un psicólogo al que había acudido tres veces después de la muerte de mi padre.
En ellos se hablaba de duelo, ansiedad e insomnio.
Alguien había subrayado palabras concretas: «vulnerabilidad emocional», «episodios de angustia», «fatiga».
—¿Por qué tienes esto?
Tomás no respondió.
—Son informes confidenciales.
—Me preocupaba tu estado.
—¿Por eso has hecho copias?
—Necesitaba estar preparado.
—¿Preparado para qué?
Natalia desvió la mirada.
Tomás se acercó a mí con una expresión estudiada.
—Elena, llevas meses desconfiando de todo el mundo. Revisas mis cuentas, interrogas a los empleados y ahora has paralizado una operación importante. Quizá necesitas ayuda.
—Has robado informes médicos y los has guardado junto a documentos de la empresa.
—No los he robado. Soy tu marido.
—Eso no te autoriza a acceder a mi historial clínico.
La puerta se abrió.
Claudia estaba en el pasillo.
—Papá, dile la verdad.
Los tres nos volvimos hacia ella.
—Vuelve a tu habitación —ordenó Tomás.
—Te oí hablar con Natalia.
Natalia palideció.
—Claudia, cariño, estás confundida.
—No me llames cariño.
Mi hija tenía los ojos llenos de lágrimas, pero su voz era firme.
—Dijisteis que, cuando mamá firmara los papeles, viviríamos algunas semanas en el ático y luego el juez decidiría.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué papeles?
Claudia señaló la mesa.
—Los que papá quería que firmaras después de la cena.
Tomás avanzó hacia ella.
—No entiendes lo que has oído.
Me interpuse.
—No te acerques.
—Es mi hija.
—Y acabas de utilizarla como parte de un plan.
Abrí la caja azul y revisé su contenido.
Faltaba una carpeta roja.
En ella guardaba la copia original del pacto privado que me concedía derecho de veto sobre operaciones extraordinarias mientras mis bienes siguieran comprometidos.
—¿Dónde está la carpeta roja?
Tomás respondió con frialdad.
—No existe ninguna carpeta roja.
Claudia habló desde detrás de mí.
—Natalia la metió en su bolso.
La amante de mi marido agarró su bolso con ambas manos.
—Esta niña está mintiendo.
—Ábrelo —dije.
—No.
—Entonces llamaré a la policía.
Tomás soltó una risa seca.
—¿Vas a llamar a la policía porque tu hija cree haber visto una carpeta?
—Voy a llamar porque han desaparecido documentos privados, han utilizado mi certificado digital y han transferido dinero a una sociedad vinculada con Natalia.
Su seguridad empezó a resquebrajarse.
—No puedes demostrar que no autorizaste las operaciones.
—El banco ya está revisando los accesos.
—Tu certificado se utilizó correctamente.
—Desde un ordenador que no era el mío.
Natalia miró a Tomás.
Él evitó sus ojos.
Aquello me bastó para comprender que ella no conocía todos los detalles.
—¿Cómo conseguisteis mi certificado?
Ninguno respondió.
Recordé una tarde de marzo. Tomás me había pedido que firmara unos documentos desde su portátil porque el mío se estaba actualizando. Después me dijo que cerraría la sesión.
No lo había hecho.
Había conservado una copia de mis credenciales.
—Lo dejaste instalado en tu ordenador —dije.
—No puedes probarlo.
—Los registros de acceso sí.
Natalia abrió el bolso y arrojó la carpeta roja sobre la mesa.
—Yo no sabía nada del certificado.
Tomás la miró con rabia.
—Cállate.
—Me dijiste que Elena había aprobado las transferencias.
—No hables.
—Me dijiste que la empresa era prácticamente tuya.
Por primera vez, dejaron de actuar como un equipo.
Guardé la carpeta roja y todos mis documentos en la caja.
—Mañana a primera hora vendrá mi abogada.
Tomás se rio.
—¿Tu abogada?
—Sí.
—¿Desde cuándo tienes una abogada?
—Desde que descubrí que alguien intentó cambiar las condiciones del seguro de vida vinculado a la finca.
Su expresión confirmó que también sabía de aquello.
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—No tienes ni idea de lo que estás provocando —dijo.
—Al contrario. Por primera vez en años, sé exactamente lo que estoy haciendo.
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