Chapter 30 - La arquitecta

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Diez años habían pasado desde aquella tormentosa junta de accionistas en la que lo perdí todo para ganarme a mí misma. La vida había fluido con la fuerza de un río imparable, suavizando las rocas afiladas del pasado y dejando a su paso un paisaje verde y sereno.
Era un fin de semana a mediados de octubre. Mateo y yo habíamos decidido pasar unos días en la finca de mi abuela. La propiedad estaba preciosa; habíamos restaurado los antiguos graneros y plantado nuevas hileras de olivos que ahora ofrecían sus primeros frutos.
El atardecer caía lentamente, tiñendo el horizonte de tonos cobrizos y púrpuras. Yo estaba sentada en la misma mecedora del porche donde mi abuela me contaba historias de pequeña, cubierta con una manta ligera. Mateo estaba en la cocina, preparando la cena mientras tarareaba una vieja canción que se filtraba a través de la ventana abierta.
Miré a mi alrededor. El aire olía a tierra y a leña quemada. Consultoría Valdés era ahora un referente a nivel nacional, y la Fundación Cimientos había ayudado a cientos de familias a recuperar su independencia. Claudia acababa de aprobar las oposiciones para la judicatura, y Pablo dirigía un exitoso estudio de diseño sostenible.
Saqué mi teléfono del bolsillo para leer el último mensaje de Claudia: "Llegamos mañana a mediodía para comer. Pablo trae el postre. Te quiero, mamá".
Sonreí y bloqueé la pantalla. Me puse de pie y caminé hasta el borde del porche, apoyándome en la barandilla de madera rústica. Alcé la vista hacia las primeras estrellas que comenzaban a despuntar en el cielo nocturno.
Recordé a Tomás, a los inversores, a la falsa fragilidad con la que intentaron definirme. Todo aquello parecía pertenecer a la vida de otra persona. Alguien que no conocía su propia fuerza.
Mateo salió al porche con dos copas de vino tinto y me tendió una.
—¿En qué piensas, Elena? —me preguntó suavemente, rodeándome la cintura con un brazo.
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—En que mi abuela tenía razón —susurré, apoyando la cabeza en su hombro mientras miraba la inmensidad de la finca—. Ninguna casa merece convertirse en una jaula. Pero si eres la arquitecta de tu propia vida, puedes construirte un castillo donde siempre haya puertas abiertas.
Bebí un sorbo de vino, sintiendo la brisa fresca en el rostro. La tormenta había quedado muy atrás. Ahora, solo existía el horizonte, vasto, libre y mío.